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lunes, 12 de agosto de 2013

Pincelada de tinta - El niño en el reflejo: Parte Uno

Después de mucho dudar al respecto, he decidido publicar este relato, que empecé a escribir hace mucho tiempo, en el blog. Es un poco largo, por lo que he pensado que lo mejor será publicarlo por lo menos en tres entregas; es la primera vez que hago algo así en El arte de soñar, así que ya veremos qué tal funciona. Aquí os presento la primera parte… si os gusta, estad atentos a la continuación el mes que viene en la próxima Pincelada de tinta. ¡Saludos!


(Cuento retirado temporalmente)

martes, 6 de agosto de 2013

Pincelada de ideas - Construyendo barrotes

Este fin de semana en casa estuvimos viendo la película Amor y letras, de Josh Radnor. Se trata de una historia que tiene mucho que ver con el contexto universitario y especialmente con lo que viene después, así que dada mi situación personal era de esperar que varios de los temas que trata me llevaran a la reflexión, pero en realidad lo que me ha inspirado para escribir este pensamiento ha sido un mensaje que me parece más universal, y no aplicable sólo a una etapa de la vida. En uno de los diálogos de la película, un personaje que tiene que dejar la universidad después de pasar muchos años allí le dice al protagonista que se ve a sí mismo como un reo al que dan la libertad condicional pero comete algún delito para que lo envíen de vuelta al único lugar que conoce. Confuso, el protagonista le pregunta: ¿Crees que este lugar es una cárcel? A lo que este personaje, tras una pausa, responde: Cualquier sitio del que no puedes salir es una cárcel.

Esta frase, que por un momento me vi tentada a ver como demasiado elemental, acabó quedándose grabada en una de mis neuronas y haciéndome meditar sobre su significado. Me quedé pensando… ¿y cómo llega a suceder algo así? Lo cierto es que la frase por sí sola no dice tanto como el contexto: el personaje que decía estas palabras amaba el lugar al que se refería. ¿Cómo llega a convertirse algo que amamos en una cárcel? ¿Cómo es posible que en algún punto de nuestra vida algo como un sueño, una vocación, un hogar… se convierta en algo que nos quita libertad en vez de dárnosla?

Parece una idea algo ridícula e improbable, pero cuantas más vueltas le doy al asunto, más me doy cuenta de que esto ocurre con demasiada frecuencia en nuestras vidas. Relaciones saludables que se vuelven obsesivas y dependientes, hábitos y costumbres que se transforman en adicciones, recuerdos del pasado convertidos en rencores imposibles de olvidar… Quizá estas situaciones sean un poco extremas, pero es que si nos paramos a pensarlo comprenderemos que buscar ejemplos de este tipo de cárceles no tiene mucho sentido porque, al fin y al cabo, éstas pueden ser cualquier cosa. Se trata de prisiones que nosotros construimos con nuestras propias manos a nuestro alrededor, y aunque pensemos que son cosas inofensivas… llega el momento en que por la razón que sea tenemos que dejarlas atrás, seguir adelante, y nos descubrimos sujetando unos barrotes como si fueran un salvavidas. Puede que sean unos barrotes de oro y plata: algo que una vez fue un dulce tesoro pero que la obsesión, las ambiciones y el miedo a perderlo han convertido en esta cárcel.

La imagen de unas manos aferrando los barrotes me parece muy significativa porque creo que refleja a la perfección el momento en que ese tesoro se transforma en prisión: es cuando no somos capaces de soltarlo. Cuando sentimos que dejarlo ir disminuiría nuestro valor como personas.

Esto es algo muy humano, y creo que todos podemos distinguir qué es aquello sobre lo que cerraríamos el puño pase lo que pase. Y como comentaba antes, para cada cual es algo distinto: puede ser una persona, una posesión, un plan de futuro, una opinión, un sueño… Cualquier cosa que aferramos mientras decimos: “Esto es mío. Puedo renunciar a muchas cosas, pero no a esto. No hay nada que pueda hacerme sacrificarlo”. Si alguna vez, consciente o inconscientemente, hemos pensado de esta forma… entonces sabemos lo que es fabricar por nosotros mismos ese lugar del que no podemos salir.

Cada cual sabe por qué tiene sus tesoros de oro y plata, y muchos argumentarán que si aquello a lo que nos sujetamos nos hace felices y no es intrínsecamente malo, no hay ningún problema en que no seamos capaces de renunciar a ello. Y, para ser sincera, comprendo este punto de vista: las prisiones que nosotros mismos diseñamos están pensadas para que resulte muy tentador acomodarse en ellas. Pero veo un problema importante con este pensamiento: tarde o temprano llega el punto en el que la decisión ya no nos pertenece. Como decía un libro de Mitch Albom que leí hace poco, cuando una persona muere lo hace con los dedos estirados, revelando sus manos vacías. Por mucho que nos aferremos a algo y creamos que es nuestro derecho tenerlo, la pura verdad es que vinimos a este mundo sin ello y sin ello nos marcharemos. Y valdría la pena que nos preguntásemos dónde queremos estar cuando nuestras manos pierdan fuerza y se suelten de esos barrotes: dentro de la prisión, o fuera.

Elegir la libertad no es fácil; nunca lo es. Requiere un sacrificio y una renuncia, y es difícil soltar algo que nos hemos convencido de que es nuestro. Pero podemos estar seguros de que vale la pena. Además, nadie ha dicho que esto signifique que no podemos tener tesoros: simplemente hemos de empezar a guardarlos en un lugar donde sepamos que ni siquiera la muerte nos los puede quitar.

No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien acumulad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mateo 6:19-21).

martes, 30 de julio de 2013

Pincelada de arte - La princesa prometida, de William Goldman

Para la reseña literaria de hoy he decidido optar por otro libro que he leído recientemente. Además, en esta ocasión se trata de un caso muy especial: una lectura que llevaba tiempo persiguiendo y no había conseguido encontrar, y que gracias a mi amiga Bárbara que supo de mi búsqueda y me lo prestó, al fin hace poco pude tenerlo en mis manos. Me encantan estas situaciones porque cuando llevas bastante tiempo deseando leer un libro en concreto el momento de abrirlo por la primera página es el doble de emocionante.

Este clásico de William Goldman es muy conocido gracias a la adaptación a la gran pantalla que se hizo en 1987, y aunque la película fue lo primero que yo conocí y también me gustó mucho, no quiero irme por las ramas: por hoy centrémonos en hablar de la genial obra en la que se basó. La princesa prometida cuenta la historia de la muchacha más hermosa del mundo, la joven Buttercup, que tras la muerte de su amado Westley se siente tan vacía que ni siquiera reacciona cuando el príncipe Humperdinck decide tomarla por esposa sin opción a réplica. Poco antes de la boda, sin embargo, Buttercup es secuestrada por tres extraños personajes que trabajan para los enemigos del príncipe. Pero ellos no son los únicos que van tras la futura princesa, y pronto descubren que un misterioso pirata vestido de negro les pisa los talones.

Esta novela es una locura de principio a fin: una especie de cuento de hadas, o una historia de piratas, o un relato de aventuras, o todo a la vez sin llegar a ser ninguno en concreto. La ausencia absoluta de realismo que envuelve cada página juega en este caso a su favor, pues crea situaciones totalmente absurdas a partir de detalles muy simples: una frase ingeniosa, una acción fuera de lugar, una exageración desproporcionada de los acontecimientos, etc. En este universo creado por Goldman ninguno de los personajes actúa como un ser humano real, ni habla como un ser humano real: son seres ficticios, y no se proponen otra cosa. Esto dicho de esta manera parece un defecto más que una cualidad, y lo sería de no ser por un detalle: esto no es una historia hecha para ser tomada en serio. Es una fantasía, un cuento que busca la risa del lector, la sorpresa y el entretenimiento mediante un lenguaje ingenioso y hábil. Resulta un poco difícil de explicar, pero es que ésa es precisamente su mayor virtud: hay muy pocas historias comparables a La princesa prometida.

Supongo que ni siquiera tiene sentido hablar de la cantidad de frases míticas que han salido de esta novela, teniendo en cuenta que muchas de ellas ya se han convertido en eslóganes de camisetas, chapas y pósteres. Sólo comentaré que además de las citas más obvias el libro tiene muchos otros fragmentos inolvidables que sorprenden por su ingenio, sencillez y sentido del humor.

Para concluir, diría que probablemente la palabra que mejor describe La princesa prometida es “entrañable”. Hay un componente inexplicable en la fascinación que despierta en el lector, y ésa es su mejor carta: ser una historia que tanta gente quiere y que pocos saben explicar por qué (y yo no me incluyo entre esos pocos). En cualquier caso es un libro creativo, entretenidísimo, muy memorable y disfrutable de principio a fin para todo el mundo. Totalmente recomendable.

lunes, 22 de julio de 2013

Pincelada de arte - Susurros del corazón

No voy a mentir. La primera vez que me aproximé por mi cuenta al cine anime lo hice con muchos prejuicios sobre lo que me iba a encontrar. En parte supongo que eso es inevitable cada vez que vemos algo nuevo: casi nunca lo hacemos con ojos imparciales. Queramos o no admitirlo, la realidad es que tenemos juicios previos y preconcepciones sobre prácticamente todo. En lo que se refiere a animación japonesa yo había visto cosas aquí y allá, pero en general asumía que se trataba de un tipo de cine demasiado bizarro, lento y críptico para mi gusto, dirigido a un público muy específico, y que a mí nunca podría gustarme del todo. Sin embargo, cuando empecé a ver por curiosidad algunas películas de Studio Ghibli (uno de los estudios de animación más reconocidos en la actualidad, a la altura de Pixar, Dreamworks y Disney), me sorprendió encontrarme con auténticas obras de arte. Estamos hablando de largometrajes animados rebosantes de creatividad, visualmente impresionantes y con historias muy originales. Es cierto que algunas me han gustado más y otras menos, pero es uno de esos casos donde lo que es bueno es muy, muy bueno. Digo toda esta introducción para que veáis las vueltas que tiene la vida, porque puedo asegurar que hace unos años, si alguien me hubiese dicho que una película de animación japonesa iba a impactarme, inspirarme como artista y desafiarme a la hora de enfrentar la página en blanco, lo más probable es que no lo hubiese creído.

La película a la que me refiero es Susurros del corazón, una obra animada de 1995 dirigida por Yoshifumi Kondo y escrita por el hijo predilecto de Ghibli, el director Hayao Miyazaki. La protagonista de esta historia es una adolescente amante de la lectura que observa, sorprendida, que todos los libros que saca de la biblioteca han sido sacados antes por la misma persona, y se pregunta cómo será este individuo. No es un relato de misterio, es más, resulta bastante evidente para el espectador de quién se trata, pero al menos está bien llevado. Y al fin y al cabo la historia no se centra en dicho descubrimiento, sino en la relación entre ambos protagonistas.

Esbozada la sinopsis, podemos ver que el argumento en realidad no es nada del otro mundo. Tampoco diría que es una premisa típica o que suena repetitiva, eso no, pero si alguien me dijera que esa es la trama de una película de casi dos horas no podría evitar preguntarme: ¿qué tiene eso de especial?

Creo que aquí es donde hay que aplicar esa frase que tantas veces se dice y que tanta verdad encierra: muchas veces lo importante no es lo que cuentas, sino cómo lo cuentas. Susurros del corazón maneja esa regla narrativa a la perfección, pues nos encontramos ante una película costumbrista, llena de observaciones y detalles de la vida cotidiana que no pueden dejar de arrancar alguna sonrisa. Resulta muy agradable ver una película sobre adolescentes que no siente la necesidad de crear conflicto a partir de errores estúpidos, malentendidos ridículos y situaciones que nunca suceden en la vida real (esto tiene su encanto a veces, no digo que no, pero llega un punto en que cansa). La película se toma su tiempo desde el minuto uno para desplegar con mucho cuidado un mapa de la vida de nuestra protagonista: su familia, sus tareas en casa, sus amistades, su pasión por los libros, sus preocupaciones, su primer amor… En los primeros diez minutos, y a pesar de las diferencias que no dudo que habrá entre la cultura oriental y la occidental, ya sentía que una película animada japonesa retrataba mi adolescencia mejor que cualquier serie española de instituto que haya visto. ¿Cómo se explica eso?

La dificultad que enfrento al escribir este comentario es que las razones por las que Susurros del corazón consiguió cautivarme son bastante específicas y personales, y por eso es probable que no represente a una gran mayoría de espectadores, pero aun así compartiré mi punto de vista por si alguien más se ve reflejado. Los temas que trata esta película son variados, y tienen que ver con el crecimiento, las relaciones interpersonales, la vocación y el conocerse a uno mismo a través del arte. Y uno de los conflictos que enfrenta la protagonista mientras ve crecer sus sentimientos hacia el joven fabricante de violines es el de la incertidumbre ante el futuro: el no saber qué hacer, la necesidad de ponerse desafíos, el miedo a fallar en el primer intento… Decide escribir una historia para probarse a sí misma. La primera vez que yo vi esta película tenía dieciocho años, acababa de terminar segundo de bachillerato y estaba trabajando en una novela que no acababa de tomar forma, así que podéis imaginar que estas reflexiones no cayeron sobre vacío. Diálogos como éste que copio aquí no sólo me impactaron, sino que se convirtieron en una fuerte inspiración en un momento en que las cosas no parecían sencillas.
 
-Eso se llama berilo. Contiene fragmentos de una esmeralda natural.
-Esmeralda… ¿la joya?
-Así es. Seiji y tú sois como esta roca. Al natural, aún sois una roca sin pulir. A mí me pasó algo parecido. Pero hacer violines y escribir son cosas diferentes. Tienes que encontrar la joya en el interior y pasar tiempo puliéndola: es un trabajo agotador. ¿Puedes ver la enorme joya del interior?
-Sí.
-Esa es la verdad: si la pules, encontrarás lo que ahora no ves con claridad. Las más pequeñas del interior son las más puras; así, puede que haya joyas mejores en el interior que no puedes ver.

Susurros del corazón es un relato simple, pero conmovedor, sobre las etapas de transición y aprendizaje en nuestra vida. A través de unos personajes muy agradables y unas imágenes preciosas (atención a los fondos y animación de la última escena y un aplauso para los dibujantes, por favor), se crea un lugar de ensueño y una atmósfera envolvente para una película que, estoy segura, aún no he visto por última vez.

lunes, 15 de julio de 2013

Pincelada de tinta - Historia del Pensamiento y la Palabra

Baúl de los recuerdos al rescate. Este relato tan breve estoy casi segura de haberlo escrito un lunes en la facultad, pero no me hagáis mucho caso porque mi memoria no tiene fama de fiable. No es nada especial, pero fue entretenido de escribir a pesar de ser tan corto y me daba pena dejarlo en la carpeta de escritos olvidados, así que lo pongo por aquí, que seguramente será más feliz. ¡Saludos!

Érase una vez una Palabra que vivía en el margen de una página de un libro. Era una palabra preciosa, sin faltas de ortografía ni de estilo, que vestía una elegante caligrafía; una de esas palabras tímidas que no se asoman con frecuencia pero que son demasiado curiosas y simpáticas como para encerrarse de forma permanente en un diccionario. Había vivido desde que tenía uso de razón en aquel margen, donde los ojos de miles de lectores la pasaban por alto y las palabras que vivían en los renglones la rechazaban por no estar impresa como ellas, y por eso aquella Palabra se sentaba allí triste cada día, deseando hallar la forma de marcharse. Nunca encontraba la ocasión para hacerlo, porque todas las miradas pasaban junto a ella con demasiada rapidez como para que pudiese aferrarse a una de ellas, y siempre acababa suspirando melancólica cuando el libro se cerraba.

Pero un día, una de aquellas miradas pasó a su lado y, para su sorpresa, se detuvo. Como si fuera un sueño, la Palabra vio descender a un Pensamiento que se había fijado en ella y había quedado deslumbrado. La tomó de la última letra en un gesto que terminó de cautivarla a ella también, y ambos comprendieron que la espera y la búsqueda habían llegado a su fin. La Palabra y el Pensamiento se abrazaron y juntos subieron primero a un subrayador y luego a un bolígrafo, dejando atrás el margen, la página, el libro y los estupefactos renglones. En aquel bolígrafo permanecieron unos días, o quizá unos años, navegando por ríos de tinta y escuchando el sonido de los miles de historias fragmentadas, versos y declaraciones que poblaban aquel lugar de ensueño. No sabían muy bien si aquello que les unía era el amor, el lenguaje o el silencio, pero fuese lo que fuese les había hecho olvidar los interminables vacíos de su existencia anterior. El margen de la página pronto apareció como una sombra borrosa en los recuerdos de la Palabra; el Pensamiento, que había pasado tantos años viajando en aquella mirada perdida y desorientada, también había decidido colocar ese pasado tras el velo del olvido. Aquellos como él no están destinados a viajar solos por el mundo.

Estaban juntos, y eso era lo importante. Quizás por ello tan poco se ha contado acerca del final de esta historia: nadie sabe dónde acabaron la Palabra y el Pensamiento tras abandonar los arroyos de tinta, porque lo que para nosotros podría ser el inicio para ellos fue lo mismo que un desenlace, y no hizo falta relatar más. Pero a mí me gusta pensar que ahora viven grabados en la luna (junto a todos los cuentos y poemas que a lo largo de los siglos se le han dedicado a ésta), o en la sonrisa de una persona emocionada al recibir una tarjeta de cumpleaños, o en un deseo de felicidad y esperanza para un amigo, o ¿quién sabe?, tal vez viajen a través de un cuento.


Madrid, a 10 de diciembre de 2012

viernes, 28 de junio de 2013

Pincelada de ideas - Vivir felices y comer perdices

El término “cuentos de hadas” ha aparecido más de una vez en este blog, pero a decir verdad, no tanto como en las cosas que escribía y leía cuando tenía quince o dieciséis años. Estos días he estado haciendo excursiones al trastero y he encontrado varias reliquias que me han hablado de ello. Mis reflexiones de aquel entonces deambulaban mucho por los reinos de la fantasía, cosa que aún hacen pero en términos un poco distintos. ¿A qué me refiero con esto? Voy a intentar explicarme lo mejor posible, porque lo cierto es que este tema me ha hecho pensar.

La etapa que va más o menos de los doce a los dieciocho años es una de las más importantes del crecimiento humano, y quizá por ese motivo también es normalmente una de las más duras. Cuando estás en esa edad, nadando en una espiral de confusión, existencialismo y luchas de identidad, llega un momento en que lo único que quieres hacer es buscar vías de escape que te convenzan de que lo mejor aún está por llegar, alguna fantasía que te mantenga a la espera de lo ideal y lo perfecto. Durante mucho tiempo para mí esa vía de escape fue comparar la realidad con los cuentos de hadas… algo en lo que, como descubriría más adelante, no era en absoluto la única. Lo cual me lleva a plantearme dos preguntas.

La primera: ¿por qué nos gusta pensar que la vida se parece a los cuentos de hadas?

Si estamos familiarizados con la mayoría de elementos que abarca este género, la respuesta a esta pregunta no es muy difícil de encontrar. La fórmula del cuento de hadas tradicional es harto conocida: el protagonista empieza en una situación difícil pero se topa con algo o alguien que tiene poder para hacer realidad sus sueños, y por sus virtudes y cualidades se hace merecedor de ese favor. A partir de este momento hay una serie de aventuras y encuentros, pasa de todo, pero al final los villanos reciben su castigo y los buenos su recompensa, y el relato llega a su fin con una frase como “y vivieron felices y comieron perdices” (por cierto, aunque la mayoría de nosotros oímos esta expresión mil veces de pequeños, estuvimos mucho tiempo sin tener la más remota idea de lo que era una perdiz). Esto es el resumen a grandes rasgos. Había muchos otros elementos en los cuentos de hadas que luego formaban parte de la fantasía adolescente: los lugares de ensueño con palacios brillantes y bosques encantados, la princesa que espera ansiosa la llegada del caballero que venga a rescatarla, etc. Y el atractivo de todo esto es muy evidente. Al fin y al cabo, ¿quién no ha dicho alguna vez, en medio de una situación difícil, que le gustaría tener una varita mágica que resolviera sus problemas en un instante? En algún momento de nuestra vida muchos tendemos a comparar la realidad con los cuentos de hadas porque nos gustaría creer que en el momento más inesperado habrá una rana que se convierta en príncipe, un palacio lleno de lujos y un hada madrina que se encargue de dar su merecido a los que nos han hecho daño. Esa es la imagen del final feliz, la cumbre de la fantasía que tal vez soñábamos con vislumbrar al final del camino.

Sin embargo, esta idea casi nunca dura para siempre. Tarde o temprano suele llegar el momento de la deconstrucción. Me ha llamado la atención, revisando mis recuerdos de esa etapa, cuántas veces el mensaje final era: “nunca dejes de creer en los cuentos de hadas”, como si eso fuera un sinónimo de nunca perder la esperanza. El caso es que creo que sabéis a qué me refiero cuando digo que después de esta etapa llega otra en la que se pone de moda decir que la vida nunca es como los cuentos de hadas. Que las soluciones mágicas no existen y que no hay manera de que tus pasos te lleven a ese final feliz deseado, que vivimos en un mundo cruel donde los buenos pierden y las cosas son así y punto. Lo cual me lleva a mi segundo interrogante: ¿por qué dejamos de creer en los cuentos de hadas?

Reflexionando sobre esto me he dado cuenta de algo: creo que ese pensamiento tan amargo que he descrito arriba, y que tan realista nos parece a todos en algún momento, no sólo va desencaminado, sino que además es una vía fácil para no afrontar una verdad que puede ser aún más dura. A lo mejor no es que tengamos que aceptar el hecho de que la vida nunca es como los cuentos de hadas. Es más, si me lo preguntáis os diré que en muchas ocasiones yo sí que les veo un parecido enorme.

Quizá de lo que a veces no nos damos cuenta es que los cuentos de hadas en realidad no son tan ideales como parecen.

Esto es cierto, por una parte, en el sentido más literal; por ejemplo, los bosques encantados casi siempre escondían un peligro tremendo del que el protagonista se libraba por los pelos, así que realmente no tenían nada de pintoresco y encantador. Pero a lo que me refiero en un sentido más amplio es que los cuentos de hadas muchas veces sí se cumplen en la vida real: el problema es que fallamos a la hora de ver cuál es nuestro rol en ellos y que a veces descubrimos que ese juego de reglas no es tan atractivo como parecía. Descubrimos, por ejemplo, que estar sin hacer nada en una torre esperando a que aparezca el caballero de reluciente armadura en realidad no es muy interesante, y de hecho preferirías bajar y salir a dar una vuelta por los alrededores. Descubrimos que a veces sí llega la solución mágica, o el tren de la oportunidad como acabamos llamándolo… pero que con frecuencia lo perdemos por no estar atentos. Descubrimos que los malos sí reciben su merecido, pero que muy a menudo los malos somos nosotros y entonces ya no nos parece tan justo.

Y lo más importante: tarde o temprano descubrimos que esa imagen del anhelado “final feliz” acaba fragmentándose, no porque sea imposible que se haga realidad, sino porque comprendemos que esa aparente perfección no puede satisfacernos. Sé que, al menos en mi caso, esto ha sido muy real. Ni los príncipes, ni las princesas, ni las riquezas materiales, ni ver a los malos recibir su merecido… nada de eso es suficiente para hacerme feliz. Por mucho que Anderssen o Perrault hayan hecho por intentar dibujar utopías universales, creo que podemos aspirar a descubrir algo aún más valioso: algo por lo que cambiaríamos esos sueños y esa fantasía idílica estimándolos como algo triste e inservible en comparación. Y dudo mucho que nos conformásemos con menos.

¿Qué es tan valioso que pueda hacernos renunciar alegremente a nuestra fantasía del final feliz?

Ni más ni menos que la promesa de la eternidad.


Y ésta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna (1ª Juan 2:25)

lunes, 17 de junio de 2013

Pincelada de arte - La zona muerta, de Stephen King

He estado pensando que, para variar, estaría bien emplear esta sección para hablar de libros que haya leído recientemente, porque a veces la primera reacción dice más que la crítica más lejana del recuerdo. He estado dudando entre los dos últimos libros que han pasado por mis manos y al final he optado por éste… así que, insértese redoble de tambores invisibles, hoy por fin toca hablar de Stephen King.

Antes que nada debería aclarar que para tratarse de un autor tan productivo como Stephen King, que hasta la fecha ha publicado más de cincuenta obras, la verdad es que no he leído muchos libros suyos. Para ser sincera, sólo cuatro (cinco si contamos Mientras escribo, pero éste no deja de ser un ensayo). Pero puedo decir que, de las novelas escritas por él que he leído hasta ahora, La zona muerta se ha convertido en mi favorita.

No la definiría como una historia de terror, o al menos no en el sentido más tradicional de los primeros libros de Stephen King; recordemos que éste es el escritor que se hizo famoso gracias a la historia de una adolescente con poderes telequinéticos que transforma su baile de fin de curso en una pesadilla porque sus compañeros tienen la agradable idea de tirarle sangre de cerdo sobre la cabeza. La zona muerta sigue una fórmula muy diferente, si bien el lenguaje y estilo del autor siguen siendo inconfundibles. También se mantiene aquí el tema de las capacidades parapsicológicas.

Debo decir que en realidad esta reseña me resulta muy difícil porque para explicar bien todas las virtudes de esta novela tendría que destripar detalles del argumento, y lo cierto es que ni siquiera me atrevería a hacer un resumen. Aunque sólo comentara la sinopsis principal, sentiría estar revelando de más: es un relato que te sorprende desde los primeros capítulos, y lo mejor es aproximarse a él sabiendo lo menos posible.

Sí que comentaré, procurando omitir detalles, que en las novelas de Stephen King que he leído probablemente lo que más me asombra es su capacidad para contar con realismo y verosimilitud unas historias tan llenas de elementos sobrenaturales o extraordinarios. La zona muerta no es una excepción en este sentido: el lenguaje es prácticamente periodístico en algunos momentos, muy detallado y basado en percepciones reales al menos en la base de las descripciones… y el resultado es que, a la hora de entrar en el terreno de lo imposible y lo paranormal, el autor ya te ha convencido: ha conseguido que des crédito al protagonista y que lo que le sucede tenga sentido. Llega un momento en la lectura en el que descubres, perplejo, que le estás dando la razón a un individuo al que normalmente verías en las noticias y te haría menear la cabeza murmurando: “este tío está pirado”.

La novela también es interesante en sus comentarios culturales y políticos, aunque éstos no sean el centro de la narración. O quizá precisamente por eso: a veces una sencilla observación en una frase invita a la reflexión más que diez páginas de análisis. Hay una crítica abierta al periodismo sensacionalista, se señala el detalle de que a menudo en el mundo de la política se consigue hacer cosas en lo oculto porque los que podrían denunciarlo esperan a que mejor lo haga “otro que no tenga tanto que perder”, se muestran actitudes humanas tanto en el extremo del materialismo como en el de la superstición… No es que sean reflexiones que cambian el mundo, pero sí reflejan inquietudes universales que la mayoría de la gente ha tenido, tiene o tendrá algún día.

Y hablando de eso, La zona muerta también refleja muchas inquietudes espirituales y morales. De hecho, la base de la historia al final consiste en tomar un acto criminal y preguntar si detrás de ello puede haber motivaciones que lo justifiquen: una inversión de perspectivas que hace que sea difícil no pararse un momento a pensar. Supongo que debe haber muchas otras historias con la misma premisa; una reseña que leí de este libro indicaba que en el momento de su publicación fue algo original pero que en los últimos años el tema se ha sobreexplotado tanto que ahora da pereza leerlo. Aquí se podrían debatir muchas cosas, eso está claro, pero yo indicaría que es difícil decir que los temas de este libro están sobreexplotados cuando tanta gente aún se los plantea de un modo u otro. Por supuesto La zona muerta no ha sido la primera obra en señalarlos, pero eso no le quita valor: sería como decir que ya no vale la pena escribir novelas de amor porque el tema está gastado. Como comentaba antes, hay cosas que son universales y lo seguirán siendo. Y muchas de las preguntas a las que se enfrenta el protagonista de la novela (cómo saber qué es lo correcto, el porqué del sufrimiento, para qué estamos aquí… entre otros) entran en ese abanico de cuestiones a las que solemos volver una y otra vez.

Y aunque esta pequeña reflexión sobre el trasfondo no convenza a nadie, La zona muerta sigue siendo una muy buena novela desde el punto de vista literario. El lenguaje está bien expresado, la estructura es creativa, los personajes son muy humanos, y la historia avanza a un ritmo perfecto que atrapa al lector de principio a fin. Y esa virtud del entretenimiento, que por lo general es tan poco reconocida, no es precisamente de las menos importantes.