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miércoles, 20 de enero de 2016

Pincelada de tinta: El maestro cristalero

Hubo una vez un maestro cristalero que había fabricado un vaso precioso para una vela. Estaba hecho con cristales de colores como si fuera la ventana de una catedral gótica, y cuando la luz del fuego lo atravesaba, parecía que la habitación entera se convertía en una especie de caleidoscopio. Todo el que se acercaba a observarlo quedaba sobrecogido por su belleza.

Pero un día el vaso se cayó de su estantería y se hizo añicos. El maestro, con su paciencia infinita, recogió hasta el más minúsculo de los pedazos y los fue pegando hasta reconstruirlo por completo. El vaso volvió a ser tan hermoso como antes, aunque había una diferencia: tenía unas líneas finas, pero visibles, allí donde el maestro había unido los trozos.

Cuando acabó de arreglarlo, el maestro llenó el vaso con cera y colocó la vela dentro. Pero cuando prendió una cerilla y se disponía a encenderla, el vaso rogó:

–No, maestro, ¡por favor! No lo hagas.

–¿Qué sucede, vaso?

–Si enciendes esa vela, todo el mundo podrá ver claramente las líneas que hay entre mis fragmentos. Y entonces sabrán que me rompí. ¿Por qué no me cubres primero con una capa de pintura, de modo que no se vean esas marcas?

–Imposible. Si hago eso, no se verá la luz, ni tampoco el brillo que desprenden tus colores cuando esta atraviesa el cristal.

–Pero… –el vaso seguía inquieto, y el maestro sonrió para tranquilizarlo.

–No tengas miedo. No debe preocuparte que aquellos que te miren sepan que un día te rompiste en pedazos. Porque también verán en esas líneas las manos que te reconstruyeron.

Y entonces el maestro cristalero encendió la vela. La llama creció, los colores resplandecieron. El interior del vaso se llenó de calor, y a medida que el fuego crecía, la luz empezó a subrayar todas aquellas marcas y a contar la historia, no de la perfección de un vaso indestructible, sino de la excelencia de aquel cristalero que había creado tanta belleza a partir de algo que se había perdido.

jueves, 14 de enero de 2016

Reto de Lectura 2015 - Un libro ambientado durante la Navidad: Cuentos de viajeros y posadas, de Charles Dickens y Wilkie Collins



La verdad es que la forma en que encontré este libro parece cosa del destino. Justo se dio la circunstancia de que a principios de diciembre fui a la biblioteca a devolver el libro de Wilkie Collins del que he hablado en la entrada anterior y, no sé por qué, me dio por pasearme delante de la sección de Dickens. Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con esta colección de relatos escrita entre ambos autores, y además ver que estas historias tenían, según la descripción de la contratapa, «la Navidad como motivo y escenario de la mayoría de ellos». Un momento, pensé, ¿no había una categoría para esto en el reto de lectura? ¡Y además estamos en diciembre! Por favor, era demasiado perfecto. Sé que esto se parece un poco a juzgar un libro por su portada, pero eh, mi primera experiencia con Wilkie Collins había sido muy buena, y Dickens… ¡era Charles Dickens! Vamos, si prácticamente inventó la celebración de la Navidad tal como la concebimos hoy en día. Seguro que un libro así no podía decepcionarme, ¿verdad?

Eh…

Bueno, creo que lo más lógico sería comentar brevemente cada uno de los relatos y luego evaluar el libro de forma general. El primero, escrito por Charles Dickens, se llama literalmente así, «El primero». Al parecer originalmente iniciaba una serie de publicaciones conocida como Los siete viajeros pobres, por eso lo que hace es introducir un marco para las historias que se van a narrar: un grupo de viajeros alrededor del fuego de una posada en Nochebuena. Hasta aquí, todo perfecto; este tipo de escenario es una de mis debilidades literarias. Este primer relato, narrado por el anfitrión, cuenta la historia de un soldado que pierde a su mejor amigo en una batalla, y de cómo redirige eso su vida. Si bien el argumento no es nada del otro mundo, está bien contado y cumple perfectamente su cometido: ponernos en situación.

A continuación, tenemos «El cuarto viajero pobre», de Wilkie Collins. ¿Por qué de repente hemos pasado del primero al cuarto? En fin, dejemos las preguntas para el final. El caso es que por lo visto este viajero fue abogado antes de caer en la pobreza, y aunque no está dispuesto a hablar de cómo ha llegado a estas circunstancias, sí que nos narra uno de los casos que tuvo que enfrentar en el ejercicio de su profesión. Es una excelente historia policíaca a pesar de su brevedad, y tiene un gran sentido del humor en cuanto a la forma en que está contada, así que me encantó. No veo absolutamente ninguna relación con el anterior relato, ni en temas, ni en estilo, ni en tono, y lo cierto es que no veo la Navidad por ninguna parte, pero oye… variedad. La variedad es buena, ¿no?

Pero entonces llegamos al tercer capítulo, «El huésped», escrito por Charles Dickens, y… bueno… el libro muere durante treinta páginas. Lo siento, no sé expresarlo de otra forma. En primer lugar, todo ese marco narrativo que habíamos visto en el primer relato desaparece: ahora estamos en otra serie de publicaciones titulada La posada del Acebo, y en vez de un grupo de viajeros alrededor de la chimenea tenemos a un señor que, como tiene que quedarse varios días en una posada a causa de una tormenta, se dedica a matar el tiempo pensando en anécdotas relacionadas con las posadas inglesas. Ese cambio tan brusco bastaría para perder la atención del lector, pero se lo perdonaría si al menos este nuevo escenario tuviera su propio interés. No es el caso. He llegado a echar de menos a Washington Irving leyendo este capítulo, así de aburrida tenía que estar.

En fin, como este huésped acaba más aburrido que nosotros, decide intentar superar su timidez hablando con otras personas de la posada y escuchando sus historias. Así introduce el siguiente relato escrito por Wilkie Collins, «El mozo de cuadra», y aquí es cuando el libro resucita con una fascinante historia gótica que pone los pelos de punta. ¡Sí! ¡Gracias! Posadas tenebrosas, pesadillas, apariciones fantasmagóricas, intentos de asesinato… Sigo sin saber qué tendrá esto que ver con el tono navideño que me habían prometido, pero mira, después de ese capítulo anterior acepto cualquier cosa donde haya algo de movimiento.

Por último, para concluir el libro, tenemos otra vez a Charles Dickens con el relato de «El limpiabotas». Esta historia quizá se pasa un poco de sentimental, incluso para una ñoña como yo, pero se lo perdono porque desde el principio intuyes que no va a tener exactamente un final feliz. Es la historia de dos niños que se fugan juntos para casarse contada desde la perspectiva de un adulto que cuida de ellos, de modo que sí, es pura nostalgia y melancolía, y a la nostalgia se le permite ser un poco sentimental. Quizá lo que pasa es que me chocó un poco el contraste con el tono tan tétrico del relato anterior.

Y hasta aquí el análisis individual. Como he dado a entender, la verdad es que las historias, cada una por separado, me gustan bastante (salvo «El huésped», pero es que eso no era ni una historia completa), así que por pura matemática debería decir que me ha gustado este libro, ¿verdad? Pues… más o menos. Las matemáticas no siempre se llevan bien con la literatura, y esto es un buen ejemplo: Cuentos de viajeros y posadas no me ha disgustado, pero tampoco me convence como una obra completa. No entiendo muy bien por qué está editado así, pero la realidad es que esto no es una colección de cuentos como tal: es un libro formado a base de fragmentos de dos colecciones diferentes. Y uno podría pensar que da igual, al fin y al cabo son historias independientes, qué más da el marco narrativo o la conexión entre ellas, ¿no? Pero no, no da igual. Hay buenas y malas formas de hilar una colección de relatos, por muy independientes que estos sean: ya sea con temas comunes, con la ambientación, con un personaje… Tuve algunos problemas con Cuentos de la Alhambra, pero ese es precisamente un perfecto ejemplo de una colección de relatos en condiciones; se pueden señalar otros puntos negativos tal vez, pero nadie podría negar que esas historias tienen un buen motivo para aparecer en el mismo libro. Con Cuentos de viajeros y posadas el único elemento común parece ser eso: que hay posadas y gente que viaja. Me parece una excusa un poco pobre para coger estos relatos de dos publicaciones distintas y editarlos juntos. Incluso la supuesta temática navideña se diluye hasta el punto de resultar inexistente… aunque bueno, ahora que lo pienso podría decirse que eso es como lo que pasa en la vida misma. Supongo que debería darle un punto por realismo.

En resumen, recomiendo leer cualquiera de estos relatos por separado, pero no se gana gran cosa por leerlos juntos en este volumen. Solo lo aconsejaría en caso de que os interese comparar los estilos literarios de Dickens y Collins. En ese aspecto sí resulta muy entretenido, porque son muy opuestos, pero a la vez parece que estos dos nacieron para encontrarse. Si lo único que buscáis es esa comparación, entonces sí, podéis darle una oportunidad.

sábado, 9 de enero de 2016

Reto de Lectura 2015 - Un libro con un color en el título: La mujer de blanco, de Wilkie Collins


Como comentaba en la entrada anterior, mi idea es continuar con este reto de lectura aunque ya se haya terminado el 2015. Es uno de esos casos en que lo importante es acabar la carrera, no ganarla. Y vamos a empezar el año comentando un libro que ya leí hace más de un mes, pero no había encontrado el momento para hacer una reseña en condiciones: La mujer de blanco, de Wilkie Collins. La historia, según su propio preámbulo, «de lo que puede resistir la paciencia de la Mujer y de lo que es capaz de lograr la tenacidad del Hombre».

Si eso es de lo que va esta historia o no, dejo que cada cual lo juzgue por sí mismo. Personalmente no me gusta universalizar las cosas de entrada, pero sí puedo decir esto: en este relato vamos a encontrar, efectivamente, mujeres pacientes y hombres tenaces. También hombres que hacen gala de mucha paciencia y mujeres con una gran tenacidad, y como cabría esperarse, esos son precisamente los personajes más interesantes: los que cuentan con ese doble filo. Pero mejor hablemos de otras cosas antes, y ya comentaremos este tema de los personajes en el penúltimo párrafo.

El punto fuerte de esta novela es su narrativa. No porque su estilo sea particularmente original (la literatura de esta época está llena de historias contadas a base de diarios, informes y cartas), sino porque Wilkie Collins parece ser uno de esos autores que sabe perfectamente cómo deben ir hilados los acontecimientos en un relato de suspense. Sabe cuándo tienen que aparecer los primeros elementos de misterio, cuánto hay que decir sobre ellos, en qué momento empezar a desvelarlos y, en resumen, cuánta información hay que darle al lector para que no se sienta perdido en medio de tanta incógnita pero tampoco descubra todo demasiado rápido. Hoy en día, con toda la ficción detectivesca que tenemos, es posible que tengamos una idea bastante clara de cómo funciona esto, pero… ¿en 1859? No; esto tiene mucho más mérito de lo que parece. Otro punto a favor de la novela es que, a pesar de que el tono es realista en general (ya desde la estructura de las múltiples voces, que muestra cierta obsesión por darle autenticidad al relato), también tiene aspectos góticos y románticos que la hacen mucho más memorable. En concreto hay dos momentos claves en el cementerio que resultan de lo más inquietantes y perturbadores.

Y ahora volvamos al tema de los personajes. Hay que admitir que, aunque todos cumplen a la perfección lo que su papel requiere de ellos, en general los protagonistas son bastante unidimensionales. Para ser justos, eso era una constante en la literatura inglesa del siglo XIX; no vamos a ensañarnos con Wilkie Collins por eso. Pero sí, algunos arquetipos son bastante reconocibles: tenemos al héroe honrado y humilde, a la joven dulce e inocente, al noble despiadado que solo mira por sus propios intereses… Como ya he dicho, eso es en esencia lo que espero de este tipo de novela, pero es necesario mencionarlo porque es precisamente lo que hace aún más valiosa la presencia de dos personajes que sí se salen de esos parámetros. Me refiero a Marian Halcombe y al conde Fosco. Se trata de personajes técnicamente secundarios, pero son de lejos los más interesantes: los que tienen una personalidad más desarrollada y varios matices que hacen sus acciones algo más impredecibles que las del resto. Habría sido muy fácil hacer de ellos meros «acompañantes» de Laura Fairlie y sir Percival Glyde, pero no: tienen un carácter más allá del rol que desempeñan. Marian es una heroína de la época; es evidente que no va a ir por ahí agitando una espada ni comandando ejércitos, pero es inteligente y tiene agallas, y la perseverancia con la que se entrega a la tarea de proteger a su hermana Laura es algo para admirar. Al mismo tiempo tiene dudas e incluso toma decisiones de las que luego se arrepiente, lo cual la hace aún más humana. En cuanto al conde Fosco, ¿qué se puede decir? Tiene una personalidad tan intrigante y difícil de descifrar que es imposible no odiarlo y amarlo al mismo tiempo. Me recuerda un poco al capitán John Silver de La isla del tesoro en ese sentido: sabes que es peligroso y que no deberías fiarte de él, pero tiene tanto carisma que entiendes perfectamente por qué los personajes sí lo hacen.

Me ha quedado una reseña más larga de lo que esperaba, pero miradlo así: que un libro me haga hablar tanto casi dos meses después de haberlo leído es una muy buena señal. Significa que no solo se lee con gusto, sino que además no se olvida fácilmente. No sé si convenceré a alguien con esta recomendación, pero por mi parte tengo claro que me ha encantado y que me alegro mucho de haberle dado una oportunidad.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Última entrada del año: Inside Out Book Tag

A estas alturas, para nadie debe suponer una sorpresa descubrir que no voy a acabar mi reto de lectura antes de que termine el 2015. ¡Oh, no! Y ahora… ¿quién podrá ayudarnos? Bueno, esto entraba dentro de las posibilidades, y como ya adelanté, no tengo ningún problema en continuar durante el 2016. Más tarde que temprano, pero este reto lo acabo sí o sí. En cualquier caso, estoy muy contenta: por primera vez desde su inicio en 2009, El arte de soñar ha superado su récord de entradas en un año. Solo se me había quedado una espinita: esta entrada, que tenía ganas de publicar antes de entrar en el 2016. Así que aquí estamos, aprovechando las últimas horas disponibles. Marca de la casa. En fin, Seraf… bueno, dejémoslo. ¡Adelante!



Hace unos meses vi esta especie de reto en Youtube y me gustó bastante la idea. Vale, es cierto que sigo en modo bestmovieever desde que vi esta película en verano y cualquier cosa con las palabras «inside out» iba a gustarme sí o sí, así que en realidad tenía poca escapatoria. Y si encima tiene que ver con libros, apaga y vámonos.

Para los que no hayáis visto Inside Out (Del revés para los españoles), lo primero es lo primero: tenéis que verla. Es una de las mejores películas que he visto últimamente, de las que me habría comprado nada más salir del cine su hubiera podido (y esta Navidad me la ha regalado mi hermana, ¡felicidad!). Pero bueno, para leer esto solo necesitáis saber que es una historia donde los protagonistas son las cinco emociones de una niña de once años: Alegría, Asco, Miedo, Tristeza e Ira. Por lo tanto, este reto consiste en decir un libro que asocies con cada una de esas emociones, y explicar por qué.

Antes de empezar quiero señalar lo evidente: los libros normalmente no inspiran una única emoción, y si lo hacen, no valen mucho la pena. Está claro que todos los libros van a tener momentos alegres, tristes, inquietantes, etc. Para elegir cada uno no me he basado en su temática ni en el tono que predomina, sino en mis propios sentimientos y en el recuerdo que tengo de esa lectura; así que, por supuesto, esto va a ser totalmente personal. Otro detalle que quiero aclarar es que he incluido solo los libros que he llegado a leerme enteros, porque normalmente si una lectura me resulta insoportable es muy difícil que la termine. En realidad todos los libros en esta lista me han gustado al menos en cierta medida, pero… en fin, digamos que algunos me han gustado «porque» y otros «a pesar de».

Bueno, se acabó el preámbulo. Vamos con esas emociones.


Alegría


Ana la de Tejas Verdes, L. M. Montgomery

Pese a lo que pueda engañar esa portada tan sosa, esta novela que leí con doce o trece años es la que más asocio con un sentimiento de alegría. No es una obra maestra de la literatura universal, no tiene reflexiones muy complicadas sobre la vida, y tampoco se trata de que explore a fondo la naturaleza humana o las cuestiones políticas de la época. Es una novela muy emocional que me inspira felicidad pura y dura: no puedo expresarlo de otra manera. Y no es porque solo ocurran cosas felices, en absoluto: ya he dicho que eso sería muy aburrido. Hay momentos duros, pero la ilusión de la protagonista por cualquier pequeño detalle es increíblemente contagiosa, y me ayuda a ser agradecida por el simple hecho de poder respirar. Es un libro del que solo tengo buenos recuerdos.


Asco


Festín de cuervos, de George R. R. Martin

(Y toda la saga, ya que estamos).

Ya he hablado bastante de Canción de hielo y fuego, así que no quiero enrollarme. He dejado claro que me gusta. Me leí todos los libros pasando páginas como una loca. Disfruté mucho. Pero para mí el estilo de George R. R. Martin tiene la elegancia de un asesino con hacha, y eso hace que le tenga que «perdonar» muchas salvajadas mientras voy leyendo. Sí, sé que lo hace para dar realismo, que este mundo está inspirado en la Edad Media, que las cosas eran así y patatín patatán. Tiene todo el derecho a hacer lo que le dé la gana, por supuesto, pero eso no significa que yo tenga que disfrutarlo. Estoy segura de que se puede representar la violencia extrema de esa sociedad sin necesidad de ser tan despiadadamente gráfico.

He elegido este libro en concreto porque es donde está el momento que me hizo sentir más repugnancia. No voy a entrar en detalles, pero para que los lectores os ubiquéis, es cuando a Jaime Lannister le cuentan lo que le ocurrió a Vargo Hoat, alias «La Cabra». Muy agradable, ¿verdad? Tan agradable como puede ser tener ganas de vomitar después de leer un párrafo.

           
Miedo


Cujo, de Stephen King

Otro libro del que ya he hablado, y además hace poco, así que procuraré ser breve. Debo decir que a mí no me apasiona el género de terror, pero a pesar de ello soy fan de Stephen King, así que sabía que aquí iba a entrar una de sus novelas. He dudado sobre cuál escoger, porque es cierto que con Misery lo pasé fatal y Carrie tampoco es lo más alegre que he leído, por poner dos ejemplos, pero son libros con los que realmente no llegué a ponerme en la piel de los protagonistas lo suficiente como para sentir el mismo miedo que ellos. Con Cujo la cosa fue muy diferente, y en parte es por lo que ya mencioné en mi reseña: el terror parte de una situación perfectamente realista y que podría sucederle a cualquiera, no solo a un autor de best sellers o a una adolescente con poderes sobrenaturales. Después de leerme este libro, durante unos días, no salía tranquila a la calle. Era como si acabara de darme cuenta de que el mundo es… bueno, peligroso. Pero ya lo he superado, o al menos eso creo, porque habrá que ver mi reacción si veo a un san bernardo por la calle.

Vacunad a vuestros perros, gente. No queréis correr el riesgo.
           

Tristeza





Y las montañas hablaron, de Khaled Hosseini

Leí este libro el año pasado, y poco después se encontraba en mi lista de libros favoritos. Pocas veces una lectura me ha hecho sentir, comprender y abrazar de forma tan fuerte el dolor ajeno. Y en cierto modo eso es asombroso, porque a priori la estructura de esta novela no parece favorecer la implicación emocional. Se trata de varias historias con personajes distintos que sí, se entrecruzan, pero al final no tienen mucho que ver unos con otros; en muchos casos, las relaciones entre ellos son casi accidentales. Esto podría haber salido muy mal, porque normalmente si te presentan a uno o dos personajes al principio del libro lo lógico es que quieras acompañarlos de principio a fin, y no que de repente te interrumpa la historia de otro individuo al que «nadie ha invitado a la fiesta», por decirlo de alguna forma. Pero el caso es que funciona; no sé cómo lo consigue Khaled Hosseini, pero maldita sea, funciona de maravilla. Entre los nueve capítulos de este libro, cada uno con un protagonista diferente, no hubo ninguno del que pudiera decir «este personaje me ha dado igual» o «este relato no me ha aportado nada». Las situaciones cambiaban, pero era un sentimiento de tristeza constante, si bien la sensación final no es de amargura ni de desesperanza. Tampoco es feliz. Es más bien una empatía total, no con el autor ni con un personaje en concreto, sino con… no sé, con una parte de la vida en general. Por eso sí podría decir que es el libro más «triste» que he leído, aunque no sea el más trágico ni el más dramático.
           

Ira


La edad de la inocencia, de Edith Warthon

(Aviso: cuando me he puesto a escribir esto me he dado cuenta de que tengo bastante que decir y no quiero enrollarme, así que intentaré hacer una versión light y quizá preparar una reseña más profunda y detallada en el futuro).

Ahora mismo los que habéis leído este libro estaréis pensando: «¡¿En serio?!». Y los que no lo habéis leído, pero os estáis fijando en el título y en la portada, estaréis pensando: «Em… ¿en serio?». Lo sé, cuesta creer que alguien asocie una novela romántica del siglo XIX, algo tan (literalmente) «inocente», con una emoción a la que le sale fuego por la cabeza. Yo misma estoy un poco sorprendida con mi elección, pero cuando me he puesto a intentar recordar una lectura en la que mi sentimiento general fuese de mosqueo constante, lo cierto es que este era el título que me venía a la mente.

Aclaro una vez más que en realidad este libro me gusta. De hecho, tiene elementos que me parecen muy buenos, y supongo que tiene sentido, porque como decía Paul Auster, «no puedes odiar algo tan intensamente a menos que una parte de ti también lo ame». Tengo un buen recuerdo de la historia, de los temas que trata, de la forma en que está escrito y de algunos de los personajes. ¿Cuál es el problema, entonces? Desgraciadamente, uno bastante gordo: el protagonista. Newland Archer es un personaje insufrible, y la idea de tener que contemplar toda esta historia a través de sus ojos y supuestamente sentirme identificada con él, aparte de provocarme la risa floja, me pone de muy mala leche. Lo siento, pero no soporto a los protagonistas que se presentan como más inteligentes que el resto de la sociedad, más humanos y más valientes, y luego toman decisiones tan estúpidas. Eso de actuar como un irresponsable y luego intentar quedar como la víctima de un sistema opresor no cuela, chaval. De hecho, debo ser de las pocas personas a las que el final les gustó por razones diferentes a las de la mayoría. Pero bueno, voy a dejarlo porque me está volviendo el mosqueo y no me apetece terminar así el 2015. Ya haré una reseña más extensa otro día.



Y hasta aquí llega esta entrada, la última de un año muy intenso en lo que a lecturas se refiere (y en otras cosas también, pero no nos vayamos por las ramas). Espero que hayáis disfrutado, que sigáis visitando el blog en 2016, y que veáis Inside Out si todavía no lo habéis hecho, que no sabéis lo que os perdéis. A seguir leyendo y emocionándonos, y… ¡feliz año nuevo!

lunes, 2 de noviembre de 2015

Reto de Lectura 2015 - Un libro que puedas acabar en un día: La Buena Suerte, de Fernando Trías de Bes y Álex Rovira Celma



Ahora es cuando debería explicar por qué escogí este libro para esta categoría, y la verdad es que ni siquiera lo recuerdo muy bien. Creo que, básicamente, la semana pasada me había quedado sin lectura para el autobús y tuve que elegir deprisa y corriendo de lo que tenía en casa. Este libro en concreto recordaba haber empezado a leerlo hace años, y cuando estás eligiendo lectura prácticamente a ciegas, la familiaridad es un factor que influye bastante. Además, cuando leí que la sinopsis empezaba con las palabras: «Hace mucho tiempo en un Reino lejano…» pensé que tal vez esto sería como El caballero de la armadura oxidada: una vuelta de tuerca a la fórmula más clásica de narrativa dándole a la historia una filosofía y una visión totalmente nuevas.

El problema con La Buena Suerte es que no es ficción. Es propaganda.

Los autores cuentan el relato de dos caballeros que le piden a Merlín un reto para probar su valía, porque supongo que los caballeros de la corte artúrica no tenían nada mejor que hacer con su tiempo libre, y emprenden la búsqueda de un trébol mágico de cuatro hojas que concede suerte ilimitada a quien lo posee. A través de esta situación se establecen las diferencias entre la suerte a secas (aquella que les sonríe a unos pocos y nunca dura demasiado) y la Buena Suerte (la que crea uno mismo, cambiando las circunstancias y no confiando en el azar). Es una filosofía interesante, y el libro contiene algunos consejos buenos y útiles, sobre todo pensando en esta era en la que «el futuro es de los emprendedores», según dicen. Estoy segura de que los autores tenían la mejor de las intenciones, y a juzgar por los cuatro millones de ejemplares que vendieron no dudo que a mucha gente le haya venido bien su lectura.

Pero seamos francos, esto es un libro de autoayuda disfrazado de narrativa. Y ojo, de ningún modo me opongo a la literatura como forma de transmitir un mensaje, pero de ahí a que la novela no se diferencie en nada de una presentación power-point hay un gran trecho. Y aquí queda bastante claro cuáles eran las prioridades, sobre todo viendo lo que dice la última página:

Este libro se escribió en ocho horas, de un solo tirón. Sin embargo, nos llevó más de tres años identificar las claves de la Buena Suerte.

Pues se nota. La filosofía de la Buena Suerte está trabajada y pensada, pero la historia que se usa para transmitirla… bueno, se escribió en ocho horas, poco más puedo decir. De ahí la estructura tan repetitiva, los personajes simples hasta decir basta y los recursos no demasiado sutiles que nos encontramos. Es decir, al principio del relato Merlín encarga la búsqueda del trébol mágico a dos caballeros, uno con la capa blanca y otro con la capa negra. Oh, vaya. Me pregunto quién será nuestro héroe.

Ese es otro detalle. Creo que habría disfrutado más con esta historia si el protagonista hubiera sido el segundo caballero, que al fin y al cabo era el que necesitaba aprender las lecciones. En vez de eso el pobre acaba tachado de villano y fracasado solo por tomar las mismas decisiones que (creo) la mayoría de nosotros habría tomado, mientras que el caballero de blanco no evoluciona ni aprende nada en toda la historia porque ya era más listo que nadie dese el principio, y eso hace que no despierte ningún interés.

No se pierde nada por echarle un ojo a este libro, sobre todo porque es corto y fácil de leer, pero por mi parte tampoco he ganado gran cosa. La mayoría de los consejos son buenos, pero seguro que había otra forma de transmitirlos sin que el discurso suene a: «tengo todas las claves para triunfar en la vida y tú no». Porque si los triunfadores son así de irritantes, yo casi prefiero quedarme en el lado de los perdedores.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Reto de Lectura 2015 - Un libro que nunca has leído de un autor que te encanta: Árbol y hoja, de J. R. R. Tolkien

La portada de la edición que he leído. Esta vez es importante saberlo porque algunas ediciones posteriores incluyen un tercer texto, el poema «Mitopeia». Ésta solo tiene los dos trabajos que menciono aquí.


«Érase una vez…». Fórmula harto conocida, quizá incluso un cliché para muchos. No es mi caso: a mí me sigue pareciendo atemporal.

Y creo que es una frase muy apropiada para presentar este libro, ya que los cuentos de hadas son la razón de su existencia. Árbol y hoja es una obra del profesor Tolkien dividida (al menos en su primera edición) en dos partes: el ensayo «Sobre los cuentos de hadas», que explica las características más importantes de esta forma de literatura y la descontamina de los prejuicios que la rodean, y el relato breve «Hoja de Niggle», escrito con esa misma filosofía. Cuenta la historia de un pintor que intenta terminar su magnum opus antes de que llegue el día de emprender un largo viaje que no puede postergar, pero ve su trabajo constantemente interrumpido por diversas circunstancias.

La verdad es que en este blog no he hablado mucho de las obras de J. R. R. Tolkien, y mira que he tenido seis años para hacerlo. Puede parecer un poco extraño, teniendo en cuenta que es uno de los escritores a los que más admiro y el autor de mi libro favorito (El señor de los anillos), pero si no lo he hecho hasta ahora es precisamente porque cuando una obra te apasiona tanto resulta muy difícil hacerle justicia en una simple reseña de dos páginas. Y tampoco creo que vaya a ser capaz de hacerlo con Árbol y hoja, la verdad: el ensayo «Sobre los cuentos de hadas» por sí solo exigiría un análisis mucho más profundo del que tengo intención de hacer en este momento, habiéndolo leído solo una vez. Creo que es un texto que voy a citar mucho a partir de ahora, así que quizá en el futuro pueda ser más específica con los elementos que me han llamado la atención. Pero no quiero dejar de decir esto: como amante de la fantasía en general, y de los cuentos de hadas en particular, me ha encantado leer las reflexiones del profesor Tolkien al respecto. Quizá en algunos puntos me parece demasiado categórico, pero la mayor parte del tiempo ha sido como si alguien se metiera en mi cabeza y le diese forma de pensamiento a algunas ideas que solo eran balbuceos y sensaciones. Hace mucho que tengo la convicción de que algunos cuentos de hadas son más profundos de lo que pueden parecer en una primera lectura (o si juzgamos solo por lo que «nos suena» haber oído de pequeños) y no creo que deban ser vistos como un mero escape de la realidad, pero nunca habría sabido expresarlo como Tolkien lo hace en este ensayo:

En el centro de muchas historias que el hombre ha creado sobre los elfos subyace el deseo (abierto u oculto, puro o mezclado) de un arte vivo; una realizada subcreación […] Ese deseo creativo solo se ve traicionado por los falsificadores, ya sean los inocentes pero torpes artificios del dramaturgo humano o los engaños malévolos de los ilusionistas. Es un deseo imposible de satisfacer para los hombres en este mundo, y es, por tanto, imperecedero. En su forma no corrompida no busca espejismos, embrujos ni dominación, sino enriquecimiento: busca compañeros de creación y de deleite, no esclavos.

En cuanto al relato «Hoja de Niggle», cualquiera que disfrute del estilo y lenguaje de Tolkien puede leerlo con gusto, pero yo lo recomiendo especialmente a todos aquellos artistas que alguna vez se hayan enfrentado a esa frustración de la obra incompleta; al pensamiento de: «podría crear grandes cosas si la vida no se metiera siempre en medio». En esta historia Tolkien empatiza con ese sentimiento (y de hecho a la luz de lo que conocemos sobre su vida no me extrañaría que este relato tuviera mucho de autobiográfico), pero el final nos anima a ver más allá de lo que tenemos en nuestras manos y nos recuerda que el arte es mucho más excelente y completo cuando ponemos nuestras prioridades en orden.

En resumen: he disfrutado como una enana con esta lectura. No creo que sea para todos los gustos, y desde luego no lo recomendaría a quienes acuden a la literatura solo en busca de realismo. Pero es lectura obligada para todos aquellos que guardan en su interior el amor a la fantasía como forma de arte, que no necesitan que algo exista físicamente para disfrutarlo y que, sin embargo, conocen la emoción pura de escuchar ecos de una eternidad muy real en las palabras «y vivieron felices para siempre».

sábado, 24 de octubre de 2015

Reto de Lectura 2015 - Una autobiografía: Mis recuerdos, de Rabindranath Tagore



Mis recuerdos (título poco específico para una autobiografía, todo hay que decirlo) es la narración de algunas de las memorias de Rabindranath Tagore, un poeta y filósofo que fue el primer asiático (y el único indio, si no me equivoco) en recibir el Premio Nobel de Literatura, y del cual jamás había oído hablar hasta este verano. Debo admitir que esto es un poco inusual. Normalmente si lees una autobiografía es porque sabes algo sobre ese autor y te gustaría conocer más su trasfondo: cómo vivió, cuáles fueron sus experiencias, qué inspiró sus obras… Básicamente se trata de un deseo de conocer mejor al ser humano detrás del escritor, poeta en este caso.

Lo cierto es que, si el objetivo es informarse, este libro no es la mejor opción. Tagore cuenta algunas cosas interesantes en este sentido, como sus primeros acercamientos a la poesía, la situación de vivir con los criados durante casi toda su niñez, o el viaje con su padre al Himalaya. Pero en general no parece muy interesado en dar un relato exhaustivo sobre su vida. Hay un capítulo entero sobre la primera vez que experimentó la muerte de un ser querido y ni siquiera menciona de quién se trataba: tienes que leer las notas a pie de página para enterarte del contexto. ¡Qué cosa más extraña para una autobiografía! ¿Para qué contar tu vida si tu objetivo no es… pues eso, contar tu vida? Una cosa está clara, sin embargo: Tagore no engaña a nadie. Desde el primer párrafo de esta obra, que también fue lo único que necesité para saber que esta lectura valdría mucho la pena, deja claras sus intenciones:

No sé quién pintó las imágenes de mi vida impresas en mi memoria. Pero quienquiera que sea, es un artista. No coge su pincel simplemente para reproducir todo lo que sucede, sino que conserva cosas o las descarta según le parece. Convierte lo grande en pequeño y lo pequeño en grande; no tiene reparos en relegar cosas a un segundo plano y al revés. Para abreviar, su tarea es pintar imágenes, no escribir historia.

Ahí está. Ése es el propósito de esta obra: hacer literatura.

En serio, sólo con ese párrafo podrían escribirse ensayos y manuales enteros acerca del arte de poner palabras sobre un papel. Pero tranquilos, que yo no voy a hacerlo: sólo quería dejar clara mi admiración. En cinco simples frases, este autor del que no sabía nada me había hablado con total honestidad de lo que era este libro: un intento de dar forma artística a sus recuerdos, no una visión fotográfica de los mismos. Es como si me hubiera dicho: «Voy a esforzarme al máximo por crear algo que valga la pena leer a partir de las imágenes que tengo de mi vida, y eres más que bienvenida a compartirlas. Pero si lo que quieres es información, detalles y objetividad, léete un artículo de Wikipedia».

Como me decía mi padre, que fue quien me recomendó esta lectura, se trata de un libro para tener en casa. Es más, yo añadiría que para todo el que quiera escribir se trata de un libro para leerlo con una libreta al lado y estudiarlo: subrayando, tomando nota, copiando frases que llamen tu atención, analizando por qué están tan bien escritas, qué recursos emplea el autor, etc. Yo desde luego me arrepiento de no haberlo hecho así, porque este libro, si lo lees de forma activa, es mejor escuela que diez manuales y cinco talleres sobre cómo escribir bien. Es por obras como ésta que no estoy de acuerdo con esa idea de que los libros no se leen por segunda vez hasta que te jubilas. Por mi parte, estoy segura de que volveré a visitar los recuerdos de Tagore más pronto que tarde.

De momento, puedo estar agradecida de que esta lectura me haya abierto la puerta a su obra poética. Y para hacer honor a ello, así como para no aburrir más, termino esta reseña con uno de sus poemas.

Dormía, y soñaba
que la vida era alegría.

Desperté, y vi
que la vida era servicio.

Serví, y vi
que el servicio era alegría.