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domingo, 11 de octubre de 2009

Pincelada de páginas - Cuando le dio por detenerse...

La atmósfera sólo la forman unos pocos elementos, esas pequeñas piezas que componen la mayoría de mis dilemas mentales: una hoja de papel, mi bolígrafo, yo sentada delante… y el tic-tac del reloj.

Ése gesto malhumorado que se aprecia en mi cara también suele ser clave en esta típica escena. Es una expresión que refleja claramente lo aburrida que estoy de ver cómo el boli se mantiene de pie sobre el folio, totalmente quieto. No se cae. No se mueve por su cuenta, pero tampoco gracias a mí: llevo un buen rato dejándome los dedos en el intento de tirar de él, inclinarlo, levantarlo… ¡imposible! ¡Ni la Excálibur ésa era tan estática, seguro!

Puedo aguantar que mi bolígrafo me tome el pelo descaradamente y que me suelte sermones sobre lo que tengo que hacer, pero esto de que se atasque no se lo perdono. ¡En cuanto consiga separarlo del papel, se la va a cargar, el muy cretino!

Suspiro resignada y me recuesto sobre el respaldo de la silla con los brazos cruzados. Observo con el ceño fruncido la absurda imagen: parece un espantapájaros, ahí petrificado de forma perpendicular al papel. Y mientras, el pesado del reloj sigue dejando caer segundos a cuentagotas, como si me estuviera lanzando una especia de mensaje que no tengo ganas de interpretar. Cruzo también las piernas y sigo sin apartar la vista del bolígrafo.

-Bueno, alma del cántaro, tú a tu ritmo… tan movedizo para unas cosas y tan plomo para otras –murmuro con cierto sarcasmo.

Por supuesto, no recibo respuesta alguna, y a los pocos segundos me muerdo el labio con cierto sentimiento de culpabilidad.

Sí, vale, él no puede moverse, pero lo conozco demasiado bien como para no darme cuenta de lo que está rondando por su cartucho de tinta en estos momentos. Casi puedo verlo. Se está mordiendo el plástico interior de la rabia que le da no poder deslizarse a lo bestia por el papel para escribir: “¡Esto es culpa tuya!”.

Me quedo pensativa.

Bueno, el pobre tiene razón, no es culpa suya quedarse estancado… es mía. Hay una especie de cable invisible que sale de mis neuronas, atraviesa mi sistema nervioso recorriéndome todo el brazo y, una vez en la muñeca, se conecta directamente con mi bolígrafo. Y si mi cerebro falla, falla todo el sistema, y al boli se le acaba esa batería. Pues bien, eso es lo que está pasando ahora. La fuente de energía está pitando de lo seca que está.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac…

¡Desde luego, vaya fastidio!

Ya sé lo que tengo que pedir este año por Navidad. “Querido Papá Noel, no te lo tomes a la tremenda, pero necesito que inventes los bolígrafos inalámbricos”.

S.O.S., Musas de mi alma, S.O.S…


Hale, venga, todos lo estáis pensando. "¿Es coincidencia que cada vez que esta mujer escribe sobre la novela es para decir que está estancada?" Tenéis razón. Viva la imaginación y la originalidad... =S

martes, 6 de octubre de 2009

Pincelada de tinta - Encuentro en el estanque

Os voy a compensar (castigar sería la palabra más precisa) las últimas semanas en blanco de este blog con un relato que LO PROMETO, no quería que me saliera tan kilométrico o________O Pensaba que iba a ser una cosa sencillita y ya veis… El que sea tan valiente de leerlo, please, que me lo diga para que lo anote desde ya como lector VIP xD.
No sé si algunos recordaréis aquella revisión de “La Cenicienta” que escribí el año pasado cuando estaba en Italia y que anda por ahí publicado en mi viejo Space… En cuyo caso, sólo aclarar que he vuelto a las andadas xD. Llevo toda la semana trabajando en esta, vamos a llamarla, “secuela no oficial” de un precioso cuento clásico que no se cómo me he atrevido a profanar con mis rayadas mentales… pero bueno, espero que el pobre Hans Christian Andersen no me lo tenga muy en cuenta…
Que quede claro que este relato no está escrito, ni muchísimo menos, en tono de burla, y que me ENCANTAN los cuentos de hadas, y que H.C. Andersen es uno de mis escritores favoritos (en mi opinión, un genio), pero de vez en cuando a todos nos gusta jugar con la literatura universal… ^^
Bueno, allá vamos:


-Bueno –suspiró la pata, meneando la cabeza con aspecto cansado-, más que feo yo diría que era… en fin, querida, ya sabes cómo crecen de despacio algunos críos y… No era, como que dijeras, “tan feo”. Era… peculiar.
Alicia se detuvo y la miró con el ceño fruncido, del mejor modo que puede fruncir el ceño una gallina.
-Eso, en el mundo ajeno a los eufemismos que usáis tan a menudo, se llama “feo”, mi querida Señora Pata.
La aludida, deteniéndose también al escuchar aquello, miró a su amiga con ojos tristes y se encogió de alas sin responder. La gallina decidió retomar el rumbo de la conversación:
-Vamos a ver si me aclaro… Dices que aquello que salió del huevo dos horas más tarde que sus hermanos era un ser, cómo has dicho… “peculiar” –cacareó suavemente con un deje de ironía-, con las plumas marrones y grisáceas, y el pico oscuro…
-Y enorme –se apresuró a añadir la Señora Pata-, mucho más grande y pesado que los demás.
Mientras seguían con su charla, las dos aves reanudaron su caminata a través de la granja. Gracias a Dios era ya la hora del atardecer y el resto de los animales, perezosos como eran, empezaban a interrumpir sus actividades diarias para irse a dormir. Una granja era un lugar magnífico para vivir, pero terriblemente ruidoso durante el día. Como gallina joven que hacía apenas unos días había abandonado el patio para instalarse en el gallinero, a Alicia le costaba acostumbrarse a semejante barullo.
-Supongo que eso de ser tan grandota también lo entorpecería –comentó Alicia, casi como de pasada. La Señora Pata pareció pensativa durante unos segundos antes de contestar vagamente:
-Fíjate que no… Cuando me los llevé a la charca, éste resultó ser muy buen nadador, ¿sabes? Incluso mejor que los demás.
-¿En serio? –Alicia no ocultó su sorpresa-. Cualquiera diría que un patito tan hábil no debería tener problemas para hacer amigos en este lugar.
Su amiga se rió con amarga ironía y replicó:
-Querida, sí que te quedan cosas por aprender de la vida real…
-¿A qué te refieres? –Alicia sacudió la cresta como solía hacer cuando no entendía algo-. Es decir, mira a tus nietos, recién salidos del cascarón y ya echando carreras en esa bendita charca… ¿no has visto cómo los alaban todos por ser tan espabilados? ¡Y cómo siempre que uno gana todos lo elogian y lo felicitan por ser el más rápido! Caramba, nunca vi algo parecido en toda mi vida como pollo. Me da a suponer que aquí la habilidad da cierto prestigio…
-Bien, lo cierto es que en eso llevas razón –concedió la Señora Pata, sin poder reprimir una media sonrisa que delataba su orgullo de abuela-. Pero querida, mi hijo nunca tuvo la ocasión de mostrar su velocidad en un de esas carreras –al decir esto su rostro volvió a ensombrecerse-, y si alguien alguna vez supo de su talento como nadador, bueno, simplemente lo ignoró. A los habitantes de esta granja les importaban bastante poco las cualidades de la pobre criatura, a decir verdad.
-Sí, algo así me contaste, que no le hacían demasiado caso –recordó Alicia tristemente. La Señora Pata meneó la cabeza y replicó:
-¡Ay, Alicia!, ojalá hubiera sido así. Quisiera Dios que mis vecinos no le hubieran hecho caso… Demasiado caso le hacían, más bien. Es decir, el pobre patito no podía moverse lo más mínimo sin que apareciese alguien como de debajo de las piedras para incordiarle. Si no era para burlarse de él era para picarle, empujarle o dejarlo en ridículo.
-¡Manga de víboras! –exclamó Alicia, soltando un indignado cacareo-. ¿Y qué hiciste tú?
Ante aquella pregunta, la Señora Pata bajó la cabeza y sus pequeños ojos oscuros se humedecieron. Con voz insegura, respondió:
-Yo… yo traté de contenerlos al principio. Si sólo hubieran sido los más pequeños… bueno, querida, ya sabes cómo crecen de despacio algunos críos y… Como es obvio, me interpuse, incluso llegué a picar a algunos de ellos para que dejaran en paz al mío. Pero la cosa fue yendo a más –la pata tragó saliva-, y no había animal en toda la granja que no escupiera, golpeara o despreciase al pequeño. Desde la cría más joven al gallo más viejo, incluso el perro del granjero lo molestaba. Todos mis vecinos… no podía ir de paseo con mis hijos sin que alguien gritara “gentuza” o algo así… era una situación muy vergonzosa para nosotros. Como comprenderás, yo no podía lidiar con todo aquello.
Alicia miró al suelo sin dejar de caminar y no contestó. Todavía no se había olvidado de aquel día en que, siendo ella sólo un polluelo, su madre se enfrentó cacareando como loca al gato que había intentado comérsela. El recuerdo permanecía vívido en parte por aquel momento de pánico imposible de olvidar… pero sobre todo, porque Alicia nunca había visto a su madre de aquel modo: graznando llena de ira y agitando las plumas delante de aquel felino que podía haberla liquidado de un solo zarpazo.
La Señora Pata estaba equivocada: Alicia no lo comprendía. Permaneció en silencio, ya que no quería echar más cargas sobre la pena de su anciana amiga, pero en su interior no podía dejar de preguntarse cómo debería haberse sentido aquel patito feo, burlado y maltratado por todos los habitantes de la granja mientras su madre no hacía otra cosa que mirarlo avergonzada.
-Y… bueno… ¿cuándo fue que desapareció?
La Señora Pata perdió su mirada entre las piedras del camino que tenían delante; sin darse cuenta habían salido de la granja y se habían ido alejando a través de la pradera. Con las plumas de la frente arrugadas por el esfuerzo de recordar, finalmente respondió:
-Hum… no estoy del todo segura, pero creo que sucedió cuando tenían… cosa de un mes o algo así. Sencillamente se evaporó… Cuando me di cuenta de que se había ido, ya era tarde para seguirle la pista.
Un silencio siguió a aquellas palabras, y en lo que duró aquella pausa, ambas supieron que no estaba todo dicho, pero ninguna quería manifestarlo. Finalmente, fue la voz de la Señora Pata la que añadió, con una voz casi quebrada:
-Honestamente, querida, ni siquiera lo intenté.
Alicia se encogió de alas, algo incómoda.
-Bueno -contestó, aunque sin saber muy bien lo que iba a decir-, supongo que eso, de alguna manera, cambia la perspectiva de las cosas.
Su amiga la miró con expresión dolida y replicó:
-Sé lo que estás pensando. Eres joven, e idealista, y supongo que en cierto modo tienes razón. Pero espero que nunca tengas que enfrentar una situación en la que veas sufrir a alguien a quien quieres, incluso a manos de sus propios hermanos, y sientas la impotencia… la desesperación de no poder defenderlo.
-Honestamente, querida –un sentimiento amargo le impedía a Alicia seguir siendo tan amable-, creo que yo lo habría intentado.
La Señora Pata retiró la mirada y no contestó enseguida. Suspiró. Pisoteó nerviosamente la gravilla del suelo.
-Quizás –concedió, con una mezcla de resignación y vergüenza-. Tal vez habría sido mejor madre si le hubiera dicho a mi hijo que no se preocupara, que las cosas se iban a arreglar, que yo siempre estaría ahí para él… que su hogar se encontraba aquí con su familia… -la Señora Pata rió amargamente-. ¡Familia! Un padre que no se dignaba a hacer acto de presencia, una madre demasiado cobarde para cuidar de él, un montón de hermanos que se divertían atormentándolo… nada como el hogar, desde luego.
-Creo que tú podrías haber cambiado al menos algo de eso –murmuró Alicia, aún disconforme. Su anciana amiga parpadeó y dijo:
-Puede ser. Es posible que, de haberme comportado de forma diferente, las cosas habrían cambiado para mejor. Pero sinceramente, querida, lo dudo mucho. Y aunque suene horrible dicho de esta forma, te confesaré que en cierto modo sentí casi alivio cuando el pequeño se marchó; en fin, en cualquier lugar le debe haber ido mejor que en la granja, espero…
Alicia no las tenía todas consigo, pero no insistió. Sabía que, en el fondo, lo que le dolía a la Señora Pata eran la culpabilidad y el hecho de que su hijo, aquel patito feo que había desaparecido un año atrás, aún ocupaba sus pensamientos demasiado a menudo. Qué había sido de la criatura, nadie lo podía saber… pero de cualquier forma, no se podía cambiar el pasado.
El eterno defecto del tiempo.
-Oye, ¿cómo es que ya está tan oscuro? –exclamó súbitamente la Señora Pata, agitando las alas de tal modo que Alicia casi se asustó-. ¡Cielos, nos hemos alejado de la granja! Tenemos que volver inmediatamente.
La joven gallina echó un vistazo al inmenso cielo donde ya empezaban a aparecer algunas estrellas centelleantes. Una pequeña sonrisa apareció en su pico y dijo con tono casi anhelante:
-Querida, hace una noche preciosa… No me entusiasma la idea de volver al gallinero ahora. ¡Sigamos paseando un rato más!
-¿Te has vuelto loca? –replicó su amiga, sobresaltada-. ¡La noche es peligrosa, y más para dos aves cotorras como nosotras! ¿Quieres que te meriende un lobo?
-En todo caso me cenaría –Alicia soltó una risita traviesa-. ¡Vamos, mujer! Caminamos hacia la laguna y volvemos… tan lejos no está, si mi padre la ve desde el tejado de la granja todas las mañanas. No me vengas con lobos, que no te estoy hablando de internarnos en el bosque…
-¡Acabáramos! –la Señora Pata meneó la cabeza agitadamente de un lado a otro-. Nada de eso: nos volvemos a la granja ¡ya mismo!
-¡Bueno! –Alicia puso los ojos en blanco con un gesto de resignación-, vuelve si quieres… Yo me voy a quedar un rato más por aquí; quiero disfrutar de esta noche tan bonita.
-¿Tú sola? –la Señora Pata la miró espantada, abriendo unos ojos como bandejas-. ¡Definitivamente, es verdad que los jóvenes de ahora tenéis la cabeza llena de pájaros! No seas insensata y mira que hay mucho bicho salvaje por ahí suelto, querida, haz el favor de sentar la cresta…
Alicia rió. No podía negarlo: aquel pollo aventurero que llevaba dentro no se había quedado en el patio: seguía con ella, llevándola de un lado a otro y empujándola a hacer locuras…

* * *

Cuando llegó al borde de la laguna, a Alicia ya se le habían cansado las patas. Era cierto que no estaba demasiado lejos, pero incluso las distancias más cortas se alargan cuando eres una gallina. Tener que cargar aquel cuerpo orondo y lleno de plumas encima de esas patitas flacuchas sería cansado para cualquiera.
Aun así, valía la pena para ver aquella estampa. Cansada, Alicia se sentó sobre una piedra junto a la orilla de la laguna y reposó mientras contemplaba cómo los jirones de nubes se descosían en lo alto del cielo, descubriendo una luna menguante cuyos pálidos rayos de luz acariciaban la superficie del agua, que se mecía suavemente al compás de los silbidos del viento. Los juncos, moviéndose de un lado a otro de modo casi inquietante, completaban el dibujo de aquella noche magnífica.
Alicia suspiró y esbozó una dulce sonrisa.
Pero las gallinas, sobre todo las que son más jóvenes y aún no han pasado por la experiencia de incubar un huevo, no suelen ser animales muy pacientes: a los diez minutos de permanecer allí sentada, Alicia empezó a sentirse aburrida y, aunque no deseaba admitirlo, incluso algo asustada. No es que hubiera un motivo concreto para estarlo, pero la tranquilidad casi violenta de aquel ambiente nocturno comenzaba a ponerle la piel de gallina, si se puede decir así.
“Reposaré las patas sólo un par de minutos más y volveré a la granja” se dijo.
Y entonces, como si hubiera escuchado sus pensamientos “aquello” apareció.
Alicia agitó las alas y casi se cae al agua del susto: una sombra había pasado por encima de ella. Alarmada, elevó los ojos hacia arriba y el pico se le desencajó ante lo que veían sus ojos.
¿Qué era aquello? La pobre gallina parpadeó incrédula, pero no, no desapareció: aquel animal, el ave más hermosa que jamás había visto, planeaba ligeramente sobre los brazos del viento, moviéndose con inigualable suavidad, mientras iba descendiendo hacia adelante. Alicia no podía dejar de mirarlo: se sentía algo asustada, pero fascinada al mismo tiempo. Su plumaje era del color de la escarcha, y tenía el pico anaranjado, con una especie de antifaz negro sobre los ojos; a la joven gallina casi se le paró el corazón de golpe.
Mientras el desconocido nadaba tranquilamente, de vez en cuando metiendo la cabeza en el agua para refrescarse, Alicia no movió una pluma en más de tres minutos, y de más está decir que la idea de volver inmediatamente a la granja había desaparecido de su cabeza. La pregunta ahora era: ¿cuánto tiempo iba a poder seguir contemplando a aquel Adonis sin que él reparase en su presencia? ¿Diez minutos? ¿Quince?
Sus cálculos mentales se vieron súbitamente interrumpidos por el repentino encontronazo de sus propias pupilas con la mirada que podía adivinarse bajo la oscura máscara de aquel extraño, quien giró su larguísimo y curvilíneo cuello hacia ella con un gesto de curiosidad. Tragando saliva, Alicia no tuvo mejor idea que darse la vuelta y cubrirse la cabeza con el ala.
“Quizás ni siquiera dos segundos”.
No estaba en una posición que la hiciera sentirse muy inteligente, pero la risa suave del ave misteriosa la puso incluso más nerviosa. “Evidentemente, Alicia” se reprochó, “quién no se reiría al ver a un pollo asustado a la orilla del estanque escondiendo la cabeza bajo el ala…”. Pero la risa de aquel individuo, pese a hacerla sentir estúpida, también terminó de decidirla: para tímidas ya estaban los avestruces, no las gallinas. ¡Alguien tenía que saber comportarse!
Intentando recuperar la compostura, sacó la cabeza de debajo de las plumas, se peinó la cresta rápidamente con gesto digno y volvió a girarse hacia el estanque. El extraño de plumaje nevado la observaba con una sonrisa divertida, y Alicia no pudo evitar ruborizarse al darse cuenta de lo absurda que había sido su reacción.
-Buenas noches, señorita –saludó amablemente, inclinando elegantemente su cuello a modo de reverencia.
Alicia sonrió nerviosa, se inclinó de forma mucho más torpe y cacareó:
-Buenas noches…
-Y bien, ¿qué le trae a una gallina como usted por esta laguna, si puede saberse? –inquirió el ave, con un brillo en las pupilas que dejaba translucir la gracia que le hacía la situación. Alicia sintió su cresta enrojecer aun más y pensó que aquel tipo se estaba riendo de ella a la manera de los aristócratas, y que era un idiota desconsiderado, pero en cualquier caso era el idiota desconsiderado más agradable que había tratado en su vida, por lo que no pudo reprimir una sonrisa.
-Bueno –respondió tímidamente, encogiéndose de alas-, las aves de corral también salimos a pasear de vez en cuando.
-Eso no lo dudo –el desconocido se movió un poco por el agua distraídamente-, aunque me estaba preguntando qué ha sido de esa amiga suya que ya no está con usted…
-¿Qué amiga? –Alicia hasta se había olvidado momentáneamente de la Señora Pata.
-¡Oh! –el ave volvió a sonreír-, hace un rato estaba volando de camino a esta charca y me fijé en usted y en esa anciana pata con la que venía charlando. ¿Cómo es que ahora está sola? La pradera es peligrosa para las… bueno… las aves de corral, si me permite –le dirigió otra mirada divertida-, especialmente de noche.
-Cada uno tiene sus manías –respondió evasivamente Alicia, con una sonrisa medio irónica. Se estaba preguntando su la manía de aquel tipo no sería ir todas las noches a aquel estanque para ensayar eso de ser encantador con la primera que pasara por allí. En cualquier caso, para ella seguía siendo lo más emocionante que le había pasado en meses.
-Además –agregó, sólo por no dejarle a él todo el peso de la conversación-, cuando una se pasa tanto rato escuchando viejas historias , después lo último que quiere es irse a dormir.
El ave blanca rió de nuevo, con aquella risa tranquila y silbante. “Hasta su risa suena bien, diablos” pensó Alicia.
-¡Curioso!, yo siempre creí que esos cuentos debían producir el efecto contrario… Mis amigos y yo solemos contar relatos antes de irnos a dormir, precisamente.
-¿Y cómo es que no está usted con sus amigos ahora?
-Bueno, nosotros los cisnes solemos acostarnos más tarde que las aves de corral –el individuo pareció guiñar un ojo debajo de su antifaz negro. “Cisnes” pensó Alicia extrañada, “así que era eso… no he oído tal cosa en mi vida”-. Mis compañeros todavía deben estar deambulando por ahí, de modo que, ya que voy con algo de tiempo, no me viene mal parar a reposar un rato aquí. Además… no es la primera vez que he estado por estos alrededores –al decir esto, el cisne echó una mirada melancólica en torno a sí-. Tengo tantos recuerdos de este sitio…
-¿Qué clase de recuerdos? –Alicia no pudo reprimir la pregunta. Él se volvió a mirarla y, riendo, contestó:
-Vamos, señorita, no creo que quiera seguir escuchando más viejas historias por hoy…
-Soy una gallina muy curiosa.
El cisne la miró y sacudió graciosamente la cabeza en señal de negación.
-No es de buena educación aburrir a una dama con la historia de mi vida, o con parte de ella.
La gallina puso los ojos en blanco. No estaba acostumbrada a mantener conversaciones tan finas. El pensamiento debió reflejarse en la expresión de su rostro, porque el tipo se rió afablemente y agregó:
-Tal vez usted sí que tenga algún cuento interesante, ¿no?
-No, y aunque lo tuviera, no desearía aburrirlo con él –respondió Alicia irónicamente, en un patético intento de hacerse la digna. Pero no, ni siquiera su tono cortante podía borrar la amabilidad del rostro de aquel cisne, que se encogió de alas y siguió nadando con la cabeza gacha por el estanque.
Alicia sabía que su “dignidad” no le iba a durar mucho, al fin y al cabo no dejaba de ser una gallina. Suspiró resignadamente y, tras un breve silencio, dijo:
-Bien, señor mío… si yo le entretengo con alguna historia, ¿podré escuchar la suya después?
El cisne sonrió y asintió distraídamente con la cabeza. Alicia se sentó sobre la piedra donde estaba parada, sin saber muy bien con qué iba a salir. No se le ocurría ninguna anécdota de su infancia que valiera la pena contar en ese momento.
Sin saber por qué, de pronto la buena gallina se sorprendió a sí misma relatando aquella historia que tanto la había entristecido apenas un rato antes… la historia del extraño hijo de su amiga, el pequeño Patito Feo. ¿Qué rayos le importaba eso a un desconocido? Nada, seguramente, pero el impacto que había tenido aquel breve relato sobre Alicia era mayor de lo que ella misma había imaginado. A medida que lo contaba, sintió todavía más compasión hacia el propio patito de la que había experimentado antes.
Minutos más tarde, con el efecto que producían las hojas secas al moverse con el viento y el ulular de un búho que al parecer acababa de despertar, la gallina llegó, casi sin darse cuenta, al final de su narración:
-Y desde que el crío desapareció, a la pobre parece que le van mejor las cosas, no se crea. Pero así y todo… Es decir, bien, sus otros hijos crecieron orgullosamente y todos le dieron unos nietos adorables que son la dicha de sus ojos. Pero no es feliz, no del todo, al menos. Sigue sintiendo que falló con aquel patito, que sabrá Dios dónde ha acabado.
-Triste historia –murmuró el cisne, esquivando su mirada. Llevaba ya un buen rato nadando más despacio y con la cabeza gacha, curiosamente desde que Alicia había empezado a hablar.
-Sí que lo es… -suspiró Alicia pensativamente-, y sin final, como la mayoría. ¡Bueno!, ahora es su turno.
-¿Mi turno de qué? –inquirió el cisne, intentando hacerse el tonto. Alicia frunció el ceño.
-Para su historia –respondió-, la historia que prometió contarme cuando yo acabara con la mía, ¿recuerda?
-Recuerdo muy bien que yo no “prometí” nada, y creo que usted dio por hecho algo que yo no –replicó él, con un tono que a Alicia, indignada como estaba, se le antojó burlón.
-Pero… ¡usted…
-¡Además! –agregó el cisne-, se me va haciendo tarde y no puedo quedarme aquí a contar historias. Mis compañeros me estarán esperando.
-No, si ya lo decía mi madre… “no te fíes de los pajarracos refinados, que son más aves de rapiña que los buitres” –murmuró Alicia con evidente enfado. Lo había dicho como para sí misma, pero indudablemente él la escuchó. Se dio la vuelta y la miró sorprendido.
-¿Aves de rapiña? –preguntó confundido-. Vamos, señorita, no hace falta que se lo tome tan a la tremenda.
-No, disculpe “usted”, que yo no me tomo a la tremenda lo que diga “usted”, señorito “usted”… total, sólo soy un ave de corral ignorante sin nada mejor que hacer que contarle cuentos a cisnes con insomnio.
El aludido pareció desconcertado, pero tras un par de segundos estalló en una carcajada. “No, si ya lo que me faltaba…” pensó la gallina, que seguía con el ceño arrugado.
-Bueno… -dijo el cisne, cuando terminó de reír-, que vaya con prisas ahora no significa que acostumbre a romper mis promesas, ¿eh? A lo mejor es que estoy buscando una excusa para pedirle… para pedirte, disculpa, que cenes conmigo mañana, si tanto quieres escuchar mi historia.
Alicia, sorprendida por aquel súbito cambio, tardó un poco en responder.
-Eh… ¿debería?
-No necesariamente, pero ya que has dicho que eres una gallina curiosa…
Se hizo el silencio durante algunos segundos: la joven gallina, tomada por sorpresa, no sabía qué decir. Sintió que se ruborizaba otra vez.
Cri, cri, cri, cri…
-¿Misma hora, mismo sitio? –preguntó finalmente, intentando ocultar su renovada timidez. El cisne asintió con otra amable sonrisa y de pronto, como si algo le hubiera llamado la atención, miró hacia arriba. Alicia siguió su mirada y se estremeció: allí, en el cielo nocturno, un grupo de cisnes volaba majestuosamente sobre ellos.
-Por cierto –su acompañante volvió a dirigirse a ella, que le devolvió la mirada-, dale mis saludos a tu amiga, la Señora Pata. Y dile de mi parte que, como dijo un amigo mío, “poco importa que nazcas en el corral de los patos siempre que salgas de un huevo de cisne”.
Alicia volvió a mirarlo alzando una ceja inexistente.
-¿Se supone que tengo que tengo que entender eso? Porque te recuerdo que algunos no llegamos a tu nivel de sabiduría, Nostradamus…
El cisne se rió y echó otro vistazo hacia arriba: las hermosas aves se iban alejando.
-Imagino que tu nivel de sabiduría debe ser aún más alto, por lo que he escuchado. Mañana, cuando oigas lo que tengo para contarte, juzgarás por ti misma, señorita…
-Alicia.
-Alicia –repitió él, y entonces abrió sus preciosas alas y se elevó en el aire-. Tengo que irme ahora, pero, ¡te espero aquí mañana!
-¿No vas a presentarte? –preguntó Alicia, casi sobresaltada por lo grande que parecía haberse hecho al alzar el vuelo.
-No de momento –el cisne guiñó un ojo y se elevó hacia arriba, de modo que su voz fue apagándose a medida que se alejaba-, es una mala costumbre que tenemos los que llevamos antifaz…
-¡Pues seguirás siendo Nostradamus, entonces! –exclamó la gallina. Casi pudo verlo reír antes de que su agraciada figura se convirtiera en una sombra, y cuando esa sombra siguió al resto de los cisnes, muy pronto el grupo desapareció entre las nubes.
Alicia sonrió divertida.
¿Qué era esa filosofada que había dicho antes? “Poco importa que nazcas en el corral de los patos siempre que salgas de un huevo de cisne”…
La joven gallina se encogió de alas. ¡Desde luego, mira que había individuos raros por el mundo!

Wycliffe Centre, 4 de octubre, 2009

Ocho páginas, Señor, mátame… T__________T
En serio, si lo habéis leído, decídmelo para que os haga lectores honoríficos y os deba muchos favores. Aguantar semejante tostonazo chorra tiene MUCHO mérito…

P.D. Os dejo un link por si queréis leeros el cuento de “El patito feo” de Hans Christian Andersen, que ya se que todos os lo sabéis, pero de vez en cuando es bonito recordar…

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/patito.htm

sábado, 19 de septiembre de 2009

Pincelada de Ideas - La amistad vs. Ser amigos

En esta pincelada de ideas voy a hablar, espero no muy extensamente, sobre la amistad y su verdadero significado. Aunque el tema esté trilladísimo, haya mil opiniones sobre el concepto, y a nadie le importe demasiado cuál es la mía. De eso se trata escribir un blog, al fin y al cabo…


Todo esto viene a cuenta de que, no sé si alguna vez habréis hecho la prueba, pero resulta que he comprobado que cuando escribes la palabra “amistad” en el buscador de Google y acto seguido pulsas “buscar” (qué poco encanto tiene empezar una reflexión hablando de informática…), aparecen nada menos que 28.200.000 resultados (aproximadamente) en menos de 0,10 segundos. No puedo decir que me haya sorprendido. Pero sí que me he quedado a cuadros cuando he ido pinchando algunos enlaces y me encuentro con las típicas frases, definiciones, ensayos y peloteos hacia eso que está tan de moda, la amistad.


¿Realmente es normal que, en pleno siglo XXI y año 2009 en que estamos… me tenga que encontrar estas cosas? Por ejemplo… artículo de Wikipedia que habla de nada más y nada menos que de los “componentes de la amistad”, como si habláramos de la receta de un pastel de manzana, y citando ingredientes clave como la confianza, la empatía, el amor, etcétera. Un test de la amistad (acabáramos). Y cientos de dedicatorias y canciones hablando de lo bonito que es el sentimiento de amistad…


Señores mío, lo siento mucho pero voy a alzar un cartel muy grande que dice NO, rotundamente. No estoy de acuerdo con toda esta parafernalia. Y no estoy de acuerdo con las definiciones que hoy en día se leen por ahí.


Empiezo con lo que me parece más importante. La amistad NO es un sentimiento. ¡Nada de eso! El problema que tenemos actualmente es precisamente ése de dar tanto la vara con los sentimientos humanos, cuando éstos son más variables y cambiantes que el tiempo atmosférico inglés. Si realmente la amistad fuera un sentimiento, ¿qué sería de esos múltiples días en los que nos levantamos de mal humor y odiamos al primero que respire un poco más fuerte de lo habitual? ¿Qué pasa cuando nos enfadamos? ¿Qué pasa cuando realmente no “sentimos” que amamos a esas personas?


Segundo… la amistad NO es un sistema de reglas, ni un juguete del que se puede escribir un manual de instrucciones. Personalmente, estoy cansada de ver por todas partes ese tipo de frases como “un verdadero amigo es el que te llama por teléfono aunque sólo sea para decir hola y aún puede quedarse hablando contigo hasta las tres de la madrugada” (pobres de los padres…), o “un verdadero amigo es el que te conoce mejor que tú mismo”, y en general la mayoría de las frases que empiezan de la misma forma, queriendo pretenciosamente establecer una norma universal por la que todas las amistades deben regirse. Frases que quedan muy bonitas pero es imposible que se cumplan siempre, y nadie dice que el hecho de que hayas sido tan ingenioso como para inventarte una frase bonita te da derecho a imponerle esa regla de tres a todo el mundo. Y es que un amigo es, antes que cualquier cosa más, una PERSONA individual e independiente. A veces, leyendo ese tipo de cosas como “un amigo es el que me hace tal cosa”, o “un amigo es el que nunca me hace tal otra”… da la impresión de que, por momentos, se nos olvida que nuestros amigos son seres con vida propia y que, lo creáis o no, pueden hacer cosas que no tengan absolutamente nada que ver con nosotros. ¿Alguna vez habéis pensado que a lo mejor se puede decir simplemente “un amigo es esa persona que cada mañana se despierta, desayuna y sale a la calle”?


Y la joya de la corona en esta colección de frases es ésta tan conocida: “un verdadero amigo es aquél que nunca te falla”. Permitidme las exclamaciones… ¡¡MENTIRA!!
Una noticia… tus amigos son seres humanos. Con un esqueleto, un sistema respiratorio, un cerebro y un corazón. Al igual que tú, están hechos de carne y espíritu, y por lo tanto, lo quieran o no ACABARÁN FALLÁNDOTE. Porque es imposible que, por muy buen amigo que sea Fulanito, lo haga absolutamente todo bien y nunca jamás haga algo que te moleste o te decepcione. Si los amigos nunca fallaran, la existencia del perdón no tendría sentido.


Y es que, desgraciadamente para la lengua castellana, a veces nos tomamos muy literalmente la expresión de “tener” un amigo. Señores, “tener” un amigo no significa “poseerlo”. Nuestros amigos no son cosas nuestras que podemos sacarnos del bolsillo cuando los necesitamos y volver a guardar cuando ya no nos hacen falta.


Y ahora, para rematar este texto (sí, al final me he extendido, no tengo remedio…), voy a decir una última cosa: LA AMISTAD ES UNA MENTIRA.


Eso me ha quedado un poco a lo bruto, pero no os asustéis demasiado, que ahora la explico. La amistad, tal como se lee, como concepto… es una mentira. Y de ahí el título de esta pincelada: “La amistad” versus “ser amigos”. El problema de la palabra “amistad” es que es un sustantivo, y como tal… su propio significado queda reducido a un objeto: antes de que termines de pronunciarlo, se termina. Ya sea concreto o abstracto, un sustantivo al final no es más que eso, un objeto. Es por eso que, finalmente, la amistad acaba cayendo en la misma familia que palabras como “sentimiento”, “sistema”, “relación”… Y diréis, ¿cuál es el problema de esto?


El problema, tal como yo lo veo, es que la amistad no es un sustantivo. Es una ACCIÓN. La realidad no es el amor, es amar. No es la confianza, es confiar. No es la ayuda, es ayudar.
La realidad no es la amistad… es SER AMIGOS.



(Dedicado a vosotros. Agradezco infinitamente a Dios porque cada mañana os despertáis, desayunáis y salís a la calle… gracias porque estáis VIVOS, y eso es lo mejor que podréis hacer por mí).



Y como diría mi sabio colega Bugs Bunny… ¡eso es todo, amigos!



P.D. Me ha quedado una reflexión rara de narices, me he dejado cosas que quería comentar y me he explicado fatal, fatal, pero es que el tema era un poco complicado. Si no habéis entendido, lo comprendo perfectamente. Mis disculpas xD.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Pincelada de Arte - La Cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe

Aunque ya hablé de esta novela alguna vez en mi antiguo Space, sería un pecado estar escribiendo sobre mis libros favoritos y no comentar La Cabaña del Tío Tom. Así que… Toca tragarse mis elogios otra vez xD.


Harriet Beecher Stowe, escritora estadounidense, publicó esta obra en 1852 para impulso de la causa abolicionista en un poderoso país donde la esclavitud seguía cobrándose víctimas días tras día. En esta historia, Tom, un esclavo doméstico al que su amo el señor Harris se ve obligado a vender para poder pagar sus deudas, aguanta con incansable fortaleza la separación de su esposa e hijos, el dolor de pasar de mano en mano viendo dolor e indiferencia en todas partes, la desesperanza… manteniendo siempre su humildad y, por supuesto, su inquebrantable fe.

De este libro no hay mucho más que decir, porque es una de esas historias que, si no las lees, no las comprendes. El mensaje de “La cabaña del tío Tom” fue motivo de gran controversia en su época, convirtiéndose en el segundo libro más vendido después de la Biblia. No fue sólo una novela: fue un instrumento de lucha. Harriet Beehcer Stowe fue una mujer que no peleaba con armas, sino con palabras. ¿Cómo? Una se da cuenta, al leer lo que ella escribió, de que a través de estas páginas estaba lanzando un grito por la justicia y un reclamo por la igualdad, ya que el ambiente que describe es, duela admitirlo o no, brutalmente realista. Imágenes crudas y dolorosas de separación, llantos y fatiga, se entrelazan con algunos momentos de paz y destellos de esperanza, por medio de ciertos personajes de gran inocencia.

Desde luego, es una historia que atrapa. ¿Atrapar? No podía dejar de leerlo una vez que arranqué… Las lágrimas me quemaban las mejillas y, en vez de irme a buscar un pañuelo para secármelas, seguía leyendo y leyendo, devorando, viviendo los sinsabores del tío Tom y yéndome a dormir sólo cuando mis ojos se negaban en rotundo a seguir abiertos. No voy a negároslo: es un libro con el que se sufre. Si lo que queréis es una novela alegre y entretenida que os haga sonreír mientras tomáis el sol en la playa, ésta no es una buena elección. Pero si os interesa asomaros a la realidad de una sociedad injusta, si queréis conocer los entresijos de la Historia estadounidense antes de su Guerra Civil (y no desde una óptica política, sino a través de los ojos de un sencillo esclavo), si podéis acompañar a Harriet Beecher Stowe en su lucha por la igualdad… por favor, creedme: esta lectura vale la pena

“La Cabaña del tío Tom” es una joya literaria que todo el mundo debería leer alguna vez, y cuyo mensaje aún hoy necesita ser comprendido, desgraciadamente, por muchos.

Pincelada de Arte - El Príncipe de Egipto

A ver, ¿tiene sentido, ya a estas alturas, que me disculpe? No, ¿verdad? Pues ea xD.



El Príncipe de Egipto es un largometraje de animación creado por los estudios de Dreamworks Animation en el año 1998. Dirigido por Simon Wells, Steve Hickner y Brenda Chapman, esta película es una adaptación al cine del relato bíblico narrado en el Éxodo, sobre Moisés y la liberación de los isrealitas.


El guión, escrito por Kelly Asbury y Lorna Cook, se toma ciertas licencias en cuanto a la fidelidad al relato. Me refiero a cosas como la relación fraternal entre Moisés y su hermanastro, la personalidad de Aarón, el hecho de que el propio Moisés aparente cuarenta años cuando según la historia contaba con ochenta cuando se desarrollaron estos acontecimientos… y, sin embargo, me voy a permitir decirlo de una forma muy clara: aún no he visto una adaptación de un relato bíblico mejor hecha.


¿A qué me refiero? Simplemente, seamos sinceros, la gente de Hollywood es muy lista. La propuesta de adaptar una historia de la Biblia tan popular como ésta debía presentarse difícil, más aún tratándose de un filme de animación, con los riesgos que ello conlleva. El proyecto podría haber acabado en un desastre: podrían haber cedido a los típicos tópicos de las películas animadas, podrían haber destrozado el relato introduciendo elementos infantiles que no venían a cuento, podrían haber omitido pasajes de la Biblia que la crítica pudiera considerar políticamente incorrectos por su crudeza, podrían haber dibujado personajes guapísimos y americanizados para asegurarse cierto éxito comercial… Ese tipo de cosas en las que muchos directores de películas animadas acaban cayendo irremediablemente, ya que, por desgracia, todos parecen tener metida en el coco esa muletilla de: “al fin y al cabo es para los niños, y ellos no se van a fijar en los detalles”.



Pero no. El Príncipe de Egipto se aleja de todo eso, construyendo una obra de arte que a día de hoy me sigue dejando con un nudo en la garganta. No es una adaptación literal, ni falta que hace, ya que sigue conservando el tono y el espíritu de la historia en todo momento. Los artistas escogieron un tipo de animación muy diferente de todo lo visto hasta entonces en el cine americano, con un estilo y diseños más “adultos”, por decirlo de algún modo. Los fondos, desde luego, son una belleza, una recreación del paisaje egipcio que corta la respiración.


El guión es fluido, no aburre en ningún momento pero tampoco avanza a trompicones, sino que se detiene el tiempo justo en las escenas que más lo precisan. Los diálogos son inteligentes y maduros, véase como ejemplo la abrumadora frase “ningún imperio debe levantarse sobre la espalda de los esclavos” o la maravillosa escena de la conversación entre Dios y Moisés. Y también diré que una de las virtudes de esta película es precisamente que los personajes no son los típicos “bueno buenísimo + malo maloso + extras”, sino que están llenos de matices que los hacen tremendamente humanos.


Y he dejado para el final la que creo que es, probablemente, la joya que corona esta preciosa película… y esa joya se llama HANS ZIMMER. Este magistral compositor, que ya antaño nos deleitó con una música tan mágica como lo es la banda sonora de “El Rey León”, se vuelve a lucir en esta película: todas y cada una de sus composiciones son SUBLIMES.


“El Príncipe de Egipto” es, lo diré todas las veces que haga falta, la primera y más grande obra de Dreamworks, y aun así la más olvidada (oh, me pregunto por qué… ¬¬). Es lo que se llama entrar por la puerta grande. Este estudio de animación no ha vuelto a hacer algo que me emocione de tal forma, pero supongo que los diamantes en bruto son así… es imposible buscarlos, simplemente te topas con ellos, y eso te ocurre una o dos veces en la vida. Así que, desde este humilde blog, mi más sincero aplauso para todos los artistas que trabajaron en la que, a día de hoy, se encuentra en mi Top 5, no sólo de películas de animación, sino de cine en general.

domingo, 16 de agosto de 2009

Pincelada de paginas - Mi boligrafo y yo

Vale, no intenteis buscarle el sentido a esto, porque no lo tiene. Tan simple como eso xD. Es una rayada mental que puede ser interesante como reflejo de lo que pasa en mi cerebro cuando mis Musas estan perezosas, pero no mucho mas que eso... En fin, ahi va xD.



La puerta es vieja, demasiado, quizás, pero aún resiste. Cuando la abro, me encuentro con una de las estancias más cerradas que he visto en mi vida, un desastre para tratarse de una librería, pero toda una gozada teniendo en cuenta lo que es más allá de eso: un escenario. Entorno los ojos para ver con un poco de más claridad a través de esta condenada oscuridad y busco con la mano un interruptor, pero no hay nada en la pared que se le parezca.
-Maldición… -farfullo entre dientes-. Lo había olvidado.
Trato de moverme a través de esta cueva urbana, tropiezo con un par de banquetas (por supuesto, no sería yo si mi torpeza no me acompañara a todas partes) y tanteo en medio de la nada en busca de un escritorio que, si no me equivoco, tiene que estar más o menos a mi izquierda… Sí, aquí está. Y detrás de él, la silla giratoria, tal como yo misma describí. Me apoyo en ella con la mano para no tropezarme con nada más y me apresuro a sentarme. ¡Ah, por fin! Ahora sólo tengo que reptar con la mano sobre la superficie del escritorio y encontrar mi… ajá, helo aquí: mi pequeño cuaderno de espirales, al menos eso creo adivinar mientras lo palpo, ya que mis ojos siguen ciegos dentro de esta librería sin ventanas ni lámpara, que bien podría ser una caja de zapatos un poco más grande de lo habitual. Y al lado de mi cuaderno está, como siempre, mi bolígrafo.
Perfecto, ya tengo en mis manos las dos herramientas que necesito: ahora sólo tengo que comprobar mi capacidad para escribir a ciegas. Resoplo. ¿Cómo he podido olvidarme de la luz? En fin, manos a la obra. Abro el cuaderno por donde sigo teniendo páginas en blanco, o al menos eso espero, y, bolígrafo en mano, garabateo torpemente en la parte de arriba para situarme. Bien, más o menos ubicada estoy. Ahora la primera frase:
La luz de una lámpara iluminaba la desordenada librería…
Súbitamente mis ojos vuelven a ver, ¡y de qué manera! Miro hacia arriba y descubro en el techo una recién aparecida lámpara que brilla con la intensidad de millones de voltios, iluminando cada rincón. Pongo mala cara, no puedo evitarlo. Esto tampoco era lo que pretendía… ¿cómo se entiende que haya una librería tan cutre con semejante lamparón del siglo XXII? Báh, todo hay que explicarlo… Tacho la última línea y escribo un poco más abajo:
La tenue luz de la bombilla casi fundida que colgaba del techo iluminaba pobremente la desordenada librería…
El chorro de luz anterior se apaga paulatinamente hasta convertirse en penumbra y, cuando vuelvo a mirar hacia arriba, echo un vistazo, ahora más satisfecha, a mi pequeña obra: una bombilla pequeña cuya luz es tremendamente escasa, pero suficiente para distinguir el sitio donde estoy.
¿Y dónde estoy?
Vuelvo a dirigir la vista al cuaderno y me muerdo el labio inferior con cierto fastidio. Me pregunto cuál es el siguiente paso. El escenario está montado, los personajes están listos para entrar en acción… pero no sé qué es lo que quieren hacer. Me siento confundida, y ni siquiera sé cómo poner por escrito esas sensaciones de vacío mental, de sequía pura y dura. ¿Pereza? No lo sé, quizás. Se parece más a ese asomo de fracaso, a esa voz que repite una y otra vez: “¿y ahora qué?”. Desgraciadamente, aún no tengo la respuesta.
No tengo la respuesta, escribo, de forma casi inconsciente, en el papel. Eso no era lo que quería, no es la historia que quiero contar, ni siquiera es una estúpida historia. Pero no he podido evitarlo.
Súbitamente, y de forma algo alarmante, mi bolígrafo salta bruscamente de mi mano y empieza a deslizarse por el papel. Levanto una ceja, o eso haría si supiera hacerlo. Leo con curiosidad las palabras que empiezan a dibujarse en la hoja, justo debajo de mi última frase, de mi último pensamiento.
¿Para qué no tienes respuesta?
Sé que ahora mismo me encuentro en ese rincón de mi cabeza donde todo es posible, donde todo puede suceder, pero aun así nunca deja de ser desconcertante que tu bolígrafo cobre vida e incluso inicie un diálogo contigo. Creo que nunca acabaré de acostumbrarme. Tras ver que se queda quieto y cae sobre el papel, lo cojo entre los dedos y escribo debajo:
Simplemente no sé qué escribir ahora… Sé lo que tiene que pasar aquí, en esta librería, pero no sé el cómo.
Sólo un segundo después de levantar el bolígrafo del último punto, éste vuelve a ponerse en marcha por sí mismo. Vaya, alguien está hiperactivo hoy y no necesita pensar mucho lo que tiene que decir. Los hay con suerte.
Mira, tienes tres personajes y tienes un sitio donde meterlos, ¿no? Hazlo, y simplemente deja que se muevan por sí mismos. Observa sus acciones, sus movimientos, y descríbelos. Sólo eso.
Sólo eso, sólo eso… báh. Ya empezamos a ponernos filosóficos, y no estoy de humor para filosofadas cuando los engranajes de mi cabeza no quieren funcionar ni siquiera para escribir ficción. Vuelvo a sujetar el bolígrafo, tal vez con más fuerza de la necesaria, y escribo rápidamente otro mensaje:
Eso es muy fácil para ti, querido. Tú sólo tienes que soltar la tinta y copiar lo que te dictan mis neuronas, pero para mí no es tan fácil ponerlas en marcha. Lo que dices tiene mucha lógica, pero llevarlo a la práctica no es tan fácil, ¿sabes?
Ni siquiera he terminado de trazar el último signo de interrogación cuando se me vuelve a escapar de entre los dedos. ¡Será…! ¿Y qué pasa si no era eso todo lo que quería escribir? Intento volver a atraparlo, pero resulta imposible: yo soy demasiado torpe, y él demasiado ágil. No me lo puedo creer, vencida por un pedazo de plástico con tinta…
¿Quién habla de lógica? Aquí de lo que se trata es de escuchar, de comprender y de saber poner en el papel lo que sabes que está sucediendo, no de si tiene sentido o no. Si estás discutiendo con tu propio bolígrafo, se sobreentiende que has dejado la lógica de lado por un momento.
No contesto enseguida, sino que leo la parrafada que tengo delante un par de veces, intentando asimilar todo lo que dice. Cuando vuelvo a coger el boli y empiezo a escribir, ni siquiera yo sé qué decir realmente, pero algo tengo que responder, ¿no?
Vale, no te sigo del todo, pero intuyo por dónde vas. Supongo que tienes razón.
No sigo. Realmente no tengo nada más que responder, he perdido este asalto. Lo raro es que el bolígrafo se ha quedado quieto… ¿no se ha dado cuenta de que ya le he dejado turno de palabra? Lo agito un poco como para darle un toque, pero nada. Venga, vamos, no me puedes dejar así…
Ni yo misma entiendo por qué siento este alivio cuando vuelve a saltar de mi mano al papel, pero así de raros somos algunos… Leo ávidamente las nueva frase, corta pero directa, que aparece ahora en la hoja cuadriculada.
¿Y a qué esperas entonces?
Yo qué sé a qué espero. Pero bueno, supongo que tendré que confiar en que Carmen, esa chica tan pesada que no para de darme dolores de cabeza contándome su vida, me guíe en este nuevo capítulo. Y realmente espero que así sea.
Sonrío un poco, con un gesto a medio camino entre la resignación y el entusiasmo, y trazo una última frase, una despedida, supongo, por el momento:
Nada, supongo. Pongámonos manos a la obra.
Y sin más preámbulos, paso la página y comienzo a escribir en serio. La puerta de la librería, con un ligero chirrido, empieza a abrirse…

domingo, 2 de agosto de 2009

Pincelada de tinta - La oveja más tonta del mundo

Ea! Ya sé que el domingo pasado os dejé sin Pincelada de Tinta (¿en serio creíais que mis buenos propósitos de quitarle las telarañas a este blog iban a ser permanentes?, criaturitas…), pero aparte de mi pereza habitual, he de alegar en mi defensa que tampoco tenía la más remota idea de qué escribir. Y el baúl de los recuerdos se me está quedando seco para estas cosas. Además, qué leñe, he estado actualizando la historia de Carmen, que las novelas no se escriben solas… bueno, me callo, que esa “privilegiada” información pertenece a la Pincelada de Páginas de la semana que viene.
Esta historia tan POCO CONOCIDA (xD) la escribí ayer, en un momento de alegría porque estaba comiendo galletas y manzanas mientras escuchaba una canción de Marcos Vidal. Lo he releído hoy por tercera vez y no me gusta nada, pero es lo que hay por hoy. Se siente xD.


Todo el universo sabe acerca de la estupidez de las ovejas. Animales preciosos, diríase que lo mejor para el mercado del peluche, con unos ojillos muy tiernos y un balido tan conmovedor que encoge el alma del más duro.
Pero todo el mundo sabe que las ovejas son increíblemente tontas… lo bastante bobas como para quedarse quietas mirando al infinito cuando un depredador se acerca con intenciones evidentemente alimenticias, o para ir hacia la izquierda cuando el pastor ha dicho claramente “derecha”. De modo que una cosa está clara: para considerarse el ser más tonto del planeta hay que ser una oveja. Y dicho sea paso, hay que ser REALMENTE estúpido, porque seamos honestos… ¿¿la más tonta de todas las ovejas??
Bien, señoras y señores… ésa soy yo.
Sólo la más tonta de todas las ovejas podría encontrarse en la situación en que yo estoy ahora mismo. Cada vez respiro más fuerte por el miedo que me recorre el cuerpo, y no puedo dejar de temblar… no sé si es por el pánico o por el dolor de la herida que me he hecho en una pata al caer en este maldito hoyo, y que no para de sangrar. Quisiera lamerla, por lo menos, para aliviar un poco este dolor horrible, pero estoy atrapada en una enorme zarza, con espinas clavadas por todo mi cuerpo, que se clavarán con más fuerza si me muevo lo más mínimo. Por supuesto, sólo la más tonta de todas las ovejas podría caer en un hoyo lleno de zarzas.
No puedo mirar hacia arriba, pero a juzgar por lo oscuro que se está poniendo esto desde hace algunas horas, debe estar anocheciendo. Hasta los alacranes que se pasean continuamente por debajo del zarzal parecen ya aburridos de mirarme extrañados, seguramente preguntándose qué clase de estupidez habré hecho para acabar así.
De pronto, creo que hasta respirar me duele…
Los ojos me arden por las lágrimas que no quiero derramar. ¿Qué demonio haces, oveja idiota? ¿No has perdido ya todo tu orgullo? Me trago la dignidad que nunca he tenido y dejo correr las lágrimas desde mis pupilas hasta mi nariz, deseando una vez más no haber sido tan necia.
Que si no me hubiera salido de la ruta… que si hubiera hecho caso al perro pastor cuando me ladró desde la pradera para que volviera al rebaño… que si no me hubiera dejado llevar por el aroma de no se qué estúpida hierba de la colina… etc. Es demasiado fácil ponerse a jugar ahora al “y qué si… y qué si no…”. Ya sé que no sirve para nada, pero eh, soy una oveja y estoy atrapada en un zarzal sin poder moverme: no hay nada que pueda hacer que sirva para algo.
Lo único que sé es que me he perdido, que he sido lo bastante torpe como para caerme en este horrible agujero en medio de ninguna parte, que soy la oveja más tonta del mundo y que muy pronto me moriré de frío y hambre. Y que, de todas formas, a nadie le importará un cuerno, porque en un rebaño de cien ovejas nadie se va a dar cuenta de que una ha desaparecido.
Un gusano de color indefinido está reptando por mi pata herida. Genial, lo que me faltaba: un chupasangre. Ya que estamos, ¿por qué no aparece también una serpiente y acaba conmigo más rápido? Quiero deshacerme de él, quiero sacudir la pata, pero al intentarlo siento otra vez el insoportable dolor de las zarzas desgarrando mi piel. Lloro con más intensidad, no puedo evitarlo. La noche cada vez es más oscura, o acaso sea el dolor que me está empañando la vista, no sé.
¡Quiero una tregua, maldita sea, quiero que se acabe este martirio… por favor!
Estoy tan cegada por el miedo que ni siquiera reparo en el hecho de que alguien está moviendo las zarzas hasta que el ruido está prácticamente sobre mi cabeza lanuda. ¡Oh, fantástico, ahí tenemos a la serpiente! O quizás sería mejor un lobo, y así pasar en dos segundos de ser una oveja tonta a un simple cadáver. Sí, tiene más pinta de lobo que de serpiente, este ruido no es tan sigiloso…
Pero no. En el momento en que el pánico acaba de paralizarme, descubro unas manos cálidas que me alzan con suavidad, arrancando todas las espinas de mi piel, y en medio del alivio y la sorpresa, me encuentro refugiada en unos brazos fuertes que me aprietan contra su pecho. Dejo de tener frío, el miedo desaparece.
Mis ojos, que ahora ven con más claridad, distinguen unos dedos que acarician con amor mi pata herida, y escucho una voz en mi oído… tan conocida como amada.
Es Él, una vez más.
Con un nudo en la garganta y las lágrimas aún desfilando por mi hocico, yo, la oveja más tonta del mundo, recuesto mi cabeza hueca sobre el latido del corazón, alegre como siempre, de mi Pastor. Y alrededor de esta escena, la noche sonríe y el telón cae, no por primera vez, sobre la parábola de la oveja perdida.

Y dormido en su regazo, lo he sabido:
tengo vida, tengo dueño, y soy querido.
(El milagro – Marcos Vidal)

Uh, esto es en plan dejàvu, me suena haberlo leído en otra parte… xDDDDD
Vaya patata. Lo único que me gusta son los dos versos del final, y porque no son míos… Anda, bajaros esa canción si queréis que os cuenten esta historia de un modo decente ^^ O echadle un vistazo a Mateo 18, 10-14…
¡Agur! =)